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La guerra ya es tecnológica: el nuevo negocio de los drones, la IA y la ciberseguridad que España quiere fabricar

España ha puesto más de 10.000 millones de euros adicionales sobre la mesa para modernizar su defensa y está intentando que una parte de ese dinero termine en tecnología nacional. Mientras Europa busca acelerar su industria militar, startups y pymes compiten por entrar en un mercado que hasta hace poco parecía reservado a los grandes fabricantes.

Un soldado controla un dron para llevar a cabo una operación de reconocimiento de las posiciones enemigas. Concepto que utiliza un avión robotizado en la guerra inteligente.

La guerra que imaginamos ya no está hecha únicamente de soldados, tanques y explosiones. A su alrededor ha crecido un negocio que se expande hacia la tecnología, las empresas y la industria militar, y que está convirtiendo drones, inteligencia artificial, satélites, ciberseguridad y robótica en algunas de las piezas más importantes de la nueva carrera por la defensa.

La frase de Margarita Robles resume hasta qué punto ha cambiado el negocio de la defensa: la ministra aseguró hace apenas unas semanas que el mundo ha pasado de la guerra de trincheras a una “guerra absolutamente tecnológica”. Y no es una metáfora. En la III edición de los Diálogos para la Seguridad, celebrada en el CESEDEN, Madrid, y organizada por EL PAÍS la ministra ha explicado en qué punto nos encontramos con respecto a la guerra y las nuevas tecnologías.

En Ucrania, un dron puede localizar un objetivo, una red de sensores puede seguirlo y un algoritmo puede ayudar a decidir qué hacer con la información antes de que un soldado llegue siquiera a verla.

La transformación ha llegado también a los despachos de las grandes compañías y a los presupuestos públicos. Drones, inteligencia artificial, ciberseguridad, satélites, robótica, sensores y comunicaciones se han convertido en algunas de las tecnologías que están redefiniendo la industria de defensa. Y detrás de ellas aparece una oportunidad empresarial que hace unos años habría resultado difícil de imaginar: startups y pequeñas empresas tecnológicas entrando en un mercado dominado históricamente por los grandes contratistas militares. España quiere aprovechar ese movimiento.

En abril de 2025, el Gobierno anunció un plan que suponía 10.471 millones de euros adicionales para llevar el gasto en Seguridad y Defensa hasta el 2% del PIB. De esa cantidad, 3.260 millones se reservaron para telecomunicaciones y ciberseguridad, incluyendo inversiones en nube, 5G, inteligencia artificial, satélites, antenas y radares. Pedro Sánchez describió entonces el objetivo como la creación de un “escudo digital para España”.

Más de un año después, la dimensión industrial de aquella apuesta empieza a verse con más claridad.

El dron que está cambiando las cuentas

Hay una paradoja que resume el nuevo mercado de defensa mejor que cualquier informe. En 2025, después de una incursión de drones rusos en el espacio aéreo polaco, Europa empezó a hablar seriamente de levantar una “Drone Wall”, una barrera tecnológica capaz de detectar e interceptar aeronaves no tripuladas. Ursula von der Leyen puso el problema en términos económicos: utilizar un sistema extremadamente caro para derribar un dron barato “is absolutely not sustainable”.

El comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, fue todavía más gráfico al resumir la ecuación: un dron de 10.000 euros puede obligar a utilizar un misil de un millón de euros para destruirlo. Una diferencia de cien veces en el coste.

Ahí aparece uno de los grandes negocios de la nueva defensa: no necesariamente fabricar sistemas cada vez más caros, sino encontrar tecnologías capaces de detectar, neutralizar y proteger a un coste mucho menor. La guerra de Ucrania se ha convertido en el laboratorio de esta transformación.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, llegó a afirmar este verano que Ucrania es actualmente “number one in the world” en tecnología de drones y antidrones, por delante de Rusia y de muchos países de la propia Alianza. Su conclusión para los aliados europeos es evidente: hay tecnologías que necesitan aprender de quienes llevan años utilizándolas en un conflicto real. Y el negocio no está únicamente en construir el dron.

Está en verlo antes de que llegue, identificarlo, bloquearlo, engañarlo, proteger las comunicaciones, procesar los datos que genera y coordinar decenas de sistemas al mismo tiempo. Es decir: mucho software, mucha IA y mucha infraestructura.

España pone dinero; las empresas buscan su sitio

La dimensión económica de la apuesta española es considerable. Los programas especiales de modernización lanzados en 2025 movilizaron alrededor de 35.000 millones de euros en 35 programas. Para 2026, el gasto en modernización asciende a 6.835 millones, un 21,8% más que el año anterior. Pero existe un problema: las pequeñas empresas denuncian que apenas una parte de ese dinero termina llegando hasta ellas. Según datos recogidos por Cinco Días, alrededor del 5% de los fondos alcanza actualmente a las pymes. Es precisamente ese agujero el que intenta atacar el nuevo ecosistema de innovación.

Este 1 de octubre, mientras se publica este artículo, Gijón acoge la segunda jornada del Defence & Tech Summit 2026, un encuentro que reúne a startups, pymes, universidades, centros tecnológicos, inversores, instituciones y grandes empresas con un objetivo muy concreto: conseguir que nuevos proveedores tecnológicos entren en la cadena de suministro de la defensa española. No es casualidad que el lema del encuentro sea “Powering by SMEs, Leading the Next Wave”.

La defensa está buscando una nueva generación de proveedores. Y esa nueva generación no tiene por qué parecerse a una compañía tradicional de armamento.

Puede ser una empresa de IA. Una firma de ciberseguridad. Una startup de robótica. Un fabricante de sensores. Una compañía espacial. Una empresa de simulación. O incluso una tecnológica que empezó desarrollando una solución para el mercado civil y descubre que su producto también puede resolver un problema militar.

El propio programa español COINCIDENTE está diseñado precisamente para aprovechar tecnologías desarrolladas en el ámbito civil que puedan aplicarse a proyectos de interés para Defensa. La convocatoria de 2026 incluye, entre otras áreas, IA aplicada a las comunicaciones tácticas y al análisis del espectro electromagnético.

La frontera entre tecnología civil y tecnología militar se está haciendo cada vez más fina.

Visita de la ministra Robles a la Escuela de UAS. Firma: MDE

Telefónica ya ha entrado en el tablero

La transformación no es una hipótesis futura. En España ya hay contratos que muestran cómo está cambiando el perímetro del negocio.

En septiembre, Defensa adjudicó un acuerdo marco de hasta 258,4 millones de euros para renovar la infraestructura de información y comunicaciones de las Fuerzas Armadas. Telefónica, junto a Sphera, consiguió el lote principal y otros cuatro, por un valor conjunto de 194 millones de euros. Vodafone obtuvo otro contrato por 36,5 millones, mientras que Hisdesat, TRC y Zelenza también resultaron adjudicatarias de distintos lotes.

No son tanques. No son fragatas. Son redes, datos, comunicaciones, satélites, movilidad, seguridad e inteligencia artificial. La defensa empieza a parecerse cada vez más a una gran infraestructura tecnológica. Y eso explica por qué las grandes compañías tecnológicas y de telecomunicaciones están encontrando un nuevo mercado en el sector público.

La inteligencia artificial es el siguiente salto

La IA introduce una dimensión todavía más profunda. En España, el Ministerio de Defensa está desarrollando Numant-IA, un programa con una inversión de alrededor de 70 millones de euros que tiene como objetivo incorporar inteligencia artificial a ámbitos como la ciberseguridad, la logística militar y el análisis de datos. La filosofía española, al menos por ahora, no consiste en entregar completamente la decisión a una máquina, sino en utilizar modelos entrenados para misiones concretas y mantener el control humano.

Ese límite se está convirtiendo en una cuestión estratégica. La secretaria de Estado de Defensa, María Amparo Valcarce, lo resumió recientemente: “El verdadero reto no consiste simplemente en incorporar inteligencia artificial”, sino en hacerlo con responsabilidad y garantías estratégicas. En unas jornadas celebradas en Soria, Defensa reunió a más de 630 personas procedentes de 212 entidades para abordar precisamente la aplicación de la IA al ámbito militar.

El mensaje es importante porque la carrera no consiste únicamente en conseguir el algoritmo más potente.

Consiste en conseguir un algoritmo que pueda funcionar en un entorno militar, con comunicaciones degradadas, grandes cantidades de datos, ataques electrónicos y decisiones que no pueden esperar. Ahí es donde la IA deja de ser una herramienta de productividad y se convierte en una cuestión de soberanía.

“Más rápido” es ahora una ventaja militar

Pedro Sánchez utilizó una expresión especialmente reveladora después de la cumbre de la OTAN de julio: Europa necesita “producir más y mejor”, pero también, dijo, “más rápido”. España, explicó, está apostando por su industria nacional y europea y cuenta con un plan industrial de más de 10.400 millones de euros, de los que ocho de cada diez euros están destinados a la industria española y nueve de cada diez al conjunto de la Unión Europea, según sus propios datos. El presidente añadió que España destinó en 2025 más de 1.000 millones de euros en asistencia y equipamiento a Ucrania.

La velocidad importa porque la tecnología militar está cambiando mucho más rápido que los ciclos tradicionales de adquisición de defensa. Un programa de armamento puede tardar años. Un nuevo modelo de dron puede aparecer en meses. Un algoritmo puede actualizarse en semanas. Y una tecnología que hoy parece experimental puede convertirse mañana en una capacidad imprescindible.

Ese choque entre la velocidad de Silicon Valley y la burocracia de la contratación militar es probablemente uno de los mayores desafíos del nuevo mercado.

La oportunidad española está en el “doble uso”

Europa está intentando resolver precisamente ese problema con el concepto de dual-use, o tecnología de doble uso. La misma tecnología puede servir para una aplicación civil y para una militar: un sistema de navegación, un sensor, una herramienta de visión artificial, una red de comunicaciones, un algoritmo de análisis de imágenes o un sistema autónomo.

La Comisión Europea identifica a la IA como uno de los grandes habilitadores de estas tecnologías, desde la autonomía y la percepción hasta la ciberseguridad, la logística y el apoyo a la toma de decisiones. Pero también reconoce uno de los principales obstáculos: muchas startups europeas tienen problemas para pasar del prototipo a una capacidad realmente desplegada, debido a la complejidad de la contratación, la falta de entornos de prueba y los agujeros de financiación. Por eso el dinero empieza a seguir a la tecnología.

Y España quiere que una parte de ese capital se quede dentro.

La pregunta es quién fabricará esa tecnología, quién se quedará con el negocio y quién tendrá que comprarla fuera cuando llegue el próximo conflicto.

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