Entre 1990 y 2012 fui editor y director de Escenarios, la revista portavoz de la Asociación de Representantes Técnicos del Espectáculo (ARTE), la patronal de los managers, para entendernos. Fue así como pude conocer personalmente a Jokin María Zamarbide Bacaicoa, uno de los profesionales de la industria musical más amables a los que he tenido la suerte de conocer y al que, desgraciadamente, se ha llevado para siempre un cáncer de pulmón que le fue descubierto en la primavera del año pasado.
Lo primero que me viene a la memoria de él es una tontería: recuerdo la gracia que le hacía a Jokin que fuera capaz de memorizar su nombre completo y apellidos, pese a no ser estos, aparentemente, fáciles de recordar, pero la realidad es que él era una de esas personas a las que no se olvida, aunque, como fuera mi caso, el contacto se limitara a un par de encuentros profesionales multitudinarios –las asambleas generales ordinarias de ARTE y alguna territorial–. Su simpatía, su sonrisa permanente y su buen carácter conseguían que uno se fijara en él aunque no mediara interés comercial alguno entre los dos: no, no era cliente mío como sí lo eran muchos otros apoderados, mánagers, representantes artísticos o agentes de zona miembros de la organización profesional musical más numerosa e importante de España, la que dirige las carreras artísticas del 95% de los músicos españoles. Pero se hacía notar para bien sin siquiera tener que arquear una ceja.
La historia de la música suele escribirse con nombres impresos en letras grandes sobre los carteles. Cantantes, guitarristas y grupos ocupan el centro de la fotografía, mientras alrededor permanece casi invisible una comunidad de profesionales que encuentra los escenarios, adelanta el dinero, negocia los contratos y se responsabiliza de que el espectáculo suceda. Jokin perteneció durante casi medio siglo a ese segundo grupo. No se colocaba bajo los focos, pero ayudó a encender muchos de los que iluminaron la vida musical de Navarra desde el final de la Transición.
El promotor, productor discográfico y empresario pamplonés falleció el 29 de septiembre de 2026 a los 68 años. Deja esposa, dos hijos y una trayectoria ligada inseparablemente a Ana Zamarbide, su hermana y socia, con quien compartió más de tres décadas de trabajo y dirigió In & Out Producciones. También deja algo más difícil de inventariar: una parte sustancial de la memoria musical de Pamplona. Desde los primeros discos de Barricada, Kortatu o La Polla Records hasta los conciertos de Elton John, Bon Jovi, Bob Dylan y Shakira, su carrera enlazó la efervescencia contracultural de los años ochenta con la profesionalización de la industria española del directo.
Zamarbide había nacido en Pamplona en mayo de 1958, estudió en el colegio de los Jesuitas y cursó después estudios de marketing y contabilidad. Sin embargo, su ingreso en la industria no respondió a un plan empresarial demasiado preciso. A los 18 años componía canciones en euskera y formaba parte de Lur Ebakia, un colectivo de cantautores en el que también participaron Charo Arbilla, Andoni Sarobe e Iñaki Aritza. Cuando el sello Izeta se interesó por grabar su música, él terminó descubriendo que le atraían más la promoción, la distribución y el trabajo que ocurría al otro lado del micrófono.
De aquella desviación vocacional nació el sello discográfico Soñua en 1980. Zamarbide lo fundó con Iñaki Aritza y más tarde se sumaron Marino Goñi y Txabi Oneca. Eran tiempos anteriores a internet y a la distribución digital, cuando levantar una discográfica independiente exigía localizar a las bandas, pagar un estudio, fabricar vinilos, conseguir que llegaran a las tiendas y convencer a los medios de que prestasen atención a una música que todavía no disponía de una industria propia. Soñua se convirtió en una de las plataformas decisivas para registrar la conmoción sonora que atravesaba Euskadi y Navarra.
Desde aquel sello se publicaron obras iniciales de Barricada, Hertzainak, Kortatu, Cicatriz o La Polla Records, grupos que no solo renovarían el rock cantado en castellano y euskera, sino que pondrían sonido al malestar social de una generación. El catálogo de Soñua quedó asociado al denominado rock radical vasco, una etiqueta discutida por varios de sus protagonistas, pero fundamental para comprender la cultura popular de los años ochenta. Zamarbide ayudó a que unas canciones nacidas lejos de los centros tradicionales de la industria pudieran grabarse, circular y encontrar audiencia.
Después de la desaparición de Soñua, en 1988 creó Nola! junto a Txabi Oneca y el famoso productor discográfico Paco Trinidad. La nueva compañía comenzó su recorrido con una publicación de enorme valor documental: “Azken guda dantza”, el doble álbum en directo que recogió la despedida de Kortatu. Nola! amplió posteriormente su catálogo hacia propuestas de orientación más pop, como 21 Japonesas, Malos Tratos, Sanchís y Jocano o Desperados, además de alguna grabaciones de artistas internacionales como Moustaki, y Cheb Khaled. Aquellas experiencias acreditan que, antes de convertirse en el hombre capaz de negociar con grandes agencias internacionales, Zamarbide había aprendido el negocio desde abajo, embalando discos, acompañando a músicos incipientes y asumiendo riesgos con artistas que aún no constituían una inversión segura.
La promoción de conciertos había aparecido incluso antes. En 1978, con apenas veinte años, organizó en el pabellón Anaitasuna una actuación de Benito Lertxundi que agotó su capacidad. Después llegarían recitales de Barricada y contrataciones tan alejadas entre sí como las de intérpretes de jota o acordeonistas. Esa diversidad permanecería como una constante de su trabajo: Zamarbide no entendía la música popular como una sucesión de compartimentos estancos, sino como un ecosistema en el que podían convivir el punk, la canción de autor, el heavy metal, el pop multitudinario o el flamenco.
Tras cerrar su etapa discográfica, fundó Iruña Ocio y Comunicación. Con esa empresa y en colaboración con Iñigo Argomaniz, de Get In!, afrontó en 1995 uno de los proyectos que cambiaron la escala del entretenimiento musical navarro: el concierto de Elton John en El Sadar. El estadio del Club Atlético Osasuna demostraba que Pamplona podía acoger producciones internacionales que hasta entonces parecían reservadas a Madrid, Barcelona o las grandes capitales europeas.
La empresa tuvo una vida breve, pero abrió una nueva fase profesional. Zamarbide comenzó entonces a trabajar con su hermana Ana, que se convertiría en su colaboradora más estrecha. Juntos participaron en la organización del concierto que Bon Jovi ofreció en El Sadar en 1996 ante unas 27.000 personas. Él mismo recordaría aquella noche como un punto de inflexión: además de situarlos en el circuito de los grandes espectáculos, sirvió para demostrar a instituciones y patrocinadores que Navarra podía organizar un acontecimiento multitudinario con solvencia y seguridad.
La geografía no jugaba siempre a su favor. Pamplona debía competir por las giras con Bilbao, San Sebastián y Zaragoza, ciudades con recintos mayores o administraciones dispuestas a invertir más recursos. La labor del promotor local consistía, por tanto, en convencer a representantes internacionales, calcular con extrema cautela el tamaño del público disponible y asumir que una decisión equivocada podía comprometer la continuidad de la empresa. Los conciertos memorables ocultan con facilidad esa dimensión financiera: antes de que un artista salga al escenario, alguien ha tenido que apostar por que miles de personas comprarán una entrada.
Tras una etapa en Aberin Comunicación, donde los hermanos Zamarbide participaron en la contratación de Julio Iglesias para la plaza de toros de Pamplona y promovieron actuaciones de Scorpions, Helloween, Deep Purple o Iron Maiden, ambos pusieron en marcha In & Out en el año 2000. En su primera configuración también participaron Rubén Alonso e Iñigo Argomaniz. La compañía se convirtió en una referencia de la promoción musical navarra y llevó a la comunidad a Maná, Luis Miguel, Ricky Martin, Joaquín Sabina, Extremoduro, Bob Dylan, Juanes, Carlinhos Brown, Manu Chao, The Corrs, Shakira y Alejandro Sanz, entre muchos otros.
La nómina resulta llamativa, pero reducir su legado a una colección de celebridades sería interpretar solo la parte más visible de su trabajo. Zamarbide reivindicaba la función cultural del promotor de proximidad: no limitarse a explotar una demanda ya existente, sino contribuir a crearla. Formar públicos significaba ofrecer continuidad, introducir propuestas diferentes y conseguir que una ciudad desarrollase curiosidad musical. Estaba convencido de que Iruña poseía un “nervio” particular, una inquietud que permitía programar más allá de las opciones previsibles.
Esa voluntad se manifestó también en el festival Tres Sesenta, celebrado en la Ciudadela de Pamplona. El proyecto combinó música independiente y gastronomía y acogió a artistas como Pet Shop Boys, además de grupos estatales y navarros. Sus sucesivas ediciones mostraron igualmente la fragilidad del negocio: los carteles debían adaptarse, los precios tenían que mantenerse accesibles y la identidad artística convivía con unas cuentas que no siempre respondían como se esperaba.
La crisis económica que marcó el final de la primera década del siglo XXI obligó a In & Out a reducir su estructura. En lugar de interpretar el repliegue como una despedida, los Zamarbide transformaron la empresa. La promotora incorporó funciones de oficina de contratación –entre sus propuestas figuró Brothers in Band, homenaje a Dire Straits– y reforzó su apuesta por lo que Jokin denominaba “música popular de calidad”. Silvia Pérez Cruz, India Martínez, Vanesa Martín, Andrés Suárez y Rozalén formaron parte de esa orientación, más apoyada en teatros, auditorios y carreras de largo recorrido que en el impacto puntual de una gran noche de estadio.

