Obituario

Muere Eduardo Rodríguez Rodway, el guardián del legado de Triana

Eduardo Rodríguez Rodway, guitarrista y miembro fundador de Triana, la legendaria banda creadora del fenómeno musical del rock andaluz, ha fallecido este sábado 26 de septiembre de 2026 en el Hospital Universitario de Puerto Real, en Cádiz, a los 81 años, según ha confirmado su familia, sin que se hayan trascendido más detalles sobre la enfermedad que arrastraba en sus últimos meses.

(Foto de Facebook de Eduardo Rodríguez Rodway)

Eduardo Rodríguez Rodway, guitarrista y miembro fundador de Triana, la legendaria banda creadora del fenómeno musical del rock andaluz, ha fallecido este sábado 26 de septiembre de 2026 en el Hospital Universitario de Puerto Real, en Cádiz, a los 81 años, según ha confirmado su familia, sin que se hayan trascendido más detalles sobre la enfermedad que arrastraba en sus últimos meses. 

Con su muerte se cierra definitivamente el círculo humano de Triana. A la muerte temprana del cantante y teclista Jesús de la Rosa, fallecido en 1983 en accidente de tráfico, le siguió en 2002 la de Juan José Palacios “Tele” y ahora se marcha quien había quedado como último superviviente, testigo y custodio de aquel trío que encontró una música para una Andalucía que despertaba y, de paso, cambió la historia del rock español. 

El veterano músico falleció en Puerto Real, cerca de Los Caños de Meca, el rincón de la costa gaditana donde había decidido instalarse muchos años atrás, con la tristeza de haber recibido a principios del pasado mes de agosto la resolución definitiva del Tribunal Supremo sobre el uso del nombre de Triana, la banda que cofundó en 1974 junto a los citados de la Rosa y Palacios. Después de varios lustros de litigios judiciales por el uso de la marca Triana, el Alto Tribunal inadmitió los argumentos de Rodríguez Rodway y le condenó a costas, confirmando los argumentos de las dos instancias judiciales que se habían pronunciado anteriormente sobre el asunto. 

Aunque el grupo Triana fue fundado por los tres músicos, la inesperada muerte de Jesús de la Rosa, su cantante, teclista y principal compositor, ocurrió en el punto más alto de su carrera musical, sin que nadie hubiese registrado el nombre del grupo, inspirado por el más emblemático de los barrios de Sevilla, la ciudad natal de De la Rosa y Rodríguez Rodway, y el grupo se deshizo

Fue años después, en los años noventa, cuando “Tele” quiso volver al primer plano de la actualidad musical y levantó un nuevo proyecto musical que bautizó nuevamente como Triana, sin contar con la aquiescencia de Eduardo, y registrando la marca a su nombre. El guitarrista inició entonces un largo proceso judicial –que no ha concluido hasta este verano– para impedir el uso de ese nombre en los escenarios. A la muerte de “Tele”, en 2002, fue su viuda la que heredó los derechos sobre “Triana” y autorizó a Juan Reina, que había sido el cantante de la banda en los años noventa, el uso de la marca en discos y giras musicales. Un despropósito artístico, aunque no legal, según lo visto, comparable a que una banda de tributo se apropie del nombre Mecano grabe discos y se presente en los escenarios sin que en su seno figuren los hermanos Cano y Ana Torroja…

Es de imaginar que la resolución judicial definitiva, ante la que ya no cabía recurso alguno, debió afectar anímicamente al octogenario músico, que tuvo una discreta trayectoria en solitario, saldada con la publicación de un par de discos en solitario en los años ochenta. Pero, aunque ya no quede nadie de la formación original Triana, el legado de Triana no ha desaparecido: pocas bandas españolas han conseguido que sus canciones dejen de pertenecer a una época y se sitúen por mérito propio en el acervo popular. Temas como “Abre la puerta”, “En el lago”, “Sé de un lugar”, “Hijos del agobio”, “Tu frialdad” o “Una noche de amor desesperada” forman parte de una memoria colectiva que ha sobrevivido a sus creadores, a las sucesivas modas y a las disputas en torno al nombre del grupo. En esa música, la guitarra de Eduardo no siempre ocupaba el primer plano, pero constituía uno de sus elementos esenciales: era el vínculo físico con la tradición flamenca, la madera y la tierra sobre las que podían elevarse los teclados de Jesús de la Rosa y la percusión procesional de Tele.

Eduardo Rodríguez había nacido en Sevilla el 10 de junio de 1945, en la zona de la Puerta de Carmona, en pleno casco histórico. Descubrió pronto la guitarra y comenzó a tocar rock and roll en una ciudad donde acceder a la nueva música anglosajona todavía exigía cierta capacidad de aventura. Las bases estadounidenses de San Pablo y Rota funcionaban entonces como puertas clandestinas a otro mundo: por allí circulaban discos que permitieron a una generación de músicos andaluces escuchar antes que muchos otros españoles la psicodelia, el soul y el rock progresivo británico y norteamericano.

Con apenas conocimientos del instrumento, pero con el desparpajo suficiente para asegurar que tocaba “de puta madre”, entró en Los Flexor’s, uno de los primeros grupos de rock de Sevilla. Tocó en ferias, plazas y bases militares, pasó una temporada en París y, después del servicio militar, empezó a construir una carrera profesional. Su primer encuentro con la popularidad se produjo en Los Payos, junto a José Moreno “Josele” y Luis Javier Moreno “Pibe”. En 1969, “María Isabel” se convirtió en una de las canciones del verano más persistentes de la historia del pop español.

Aquel éxito podría haberle garantizado una vida dentro de la industria ligera del momento, pero Rodríguez Rodway nunca terminó de sentirse cómodo en ella. La celebridad de Los Payos le había llegado por una rumba amable, luminosa y pegadiza, mientras que él buscaba una música más profunda, capaz de reconciliar los discos que llegaban de Inglaterra con los sonidos que había escuchado desde niño. El paso de la guitarra eléctrica a la española no fue una renuncia al rock, sino el comienzo de una síntesis personal.

Durante su etapa con Los Payos coincidió ocasionalmente con Tele, contratado como batería para algunas actuaciones. A Jesús de la Rosa lo conoció cuando este se le acercó durante la grabación de un programa de televisión en la plaza de España de Sevilla, le pidió la guitarra y le cantó un par de canciones. Volvieron a encontrarse en Madrid en 1973, dentro de la órbita del efímero grupo Tabaca. Rodríguez comprendió de inmediato que había hallado a alguien excepcional. “Este no se me escapa”, recordó haber pensado cuando ambos comenzaron a tocar y cantar en su casa. La incorporación de Tele completó la formación definitiva de Triana.

No fueron los primeros en juntar flamenco y rock. Smash, con Manuel Molina, había abierto antes aquella puerta. Pero Triana convirtió la intuición en un lenguaje pleno, reconocible y emocionalmente popular. Allí donde otras fusiones podían sonar a experimento, ellos consiguieron levantar canciones. Su propósito no consistía en colocar unos cuantos adornos flamencos sobre estructuras importadas, sino en emplear el rock como lenguaje universal y hablarlo con acento propio. Pink Floyd, King Crimson, Procol Harum, Caravan y The Doors podían convivir así con Camarón, Paco de Lucía, Bambino, el cante jondo y las marchas de Semana Santa.

El primer álbum del grupo apareció en 1975 sin título oficial, aunque la posteridad acabaría llamándolo “El patio” por la pintura de Máximo Moreno que ocupaba su portada. Comenzaba con los casi diez minutos de “Abre la puerta”: una decisión poco compatible con la radiofórmula y perfectamente coherente con su ambición. El disco fue recibido inicialmente con indiferencia. La primera liquidación comunicó unas ventas de apenas veinte ejemplares. Según recordaba Eduardo, cuando él se preguntó cuándo iba a enterarse la gente de lo que habían hecho, Jesús le respondió que lo descubrirían cuarenta años después. No fue necesario esperar tanto: el boca a boca convirtió aquel fracaso comercial en un fenómeno y terminó haciendo de “El patio” una obra fundacional.

Dentro del trío, Jesús de la Rosa era la gran voz, el teclista y el principal compositor; Tele aportaba una batería de una personalidad irrepetible y Rodríguez Rodway desempeñaba un cometido menos espectacular, pero decisivo. Alternaba la guitarra flamenca con la eléctrica y sabía dejar espacio, acompañar y sostener. Tocaba sin ansiedad por demostrar virtuosismo, recreándose en el peso y el color de cada nota. Esa contención permitió que Triana sonara grande sin perder intimidad: como si una canción escuchada de madrugada en una habitación pudiera expandirse de pronto hasta llenar un paisaje entero.

Eduardo no firmó canciones en “El patio”, aunque participó decisivamente en la definición de su sonido. Desde el segundo álbum comenzó a aportar composiciones propias, en ocasiones junto al letrista Antonio Mata o al pintor Máximo Moreno. Suya fue parte de la autoría de “Del crepúsculo lento nacerá el rocío”, incluida en “Hijos del agobio” (1977), y de “Tiempo sin saber”, perteneciente a “Sombra y luz” (1979). También dejó su huella en temas como “Quiero contarte”. Sus canciones tendían a una luminosidad distinta de la gravedad visionaria de Jesús: eran la otra respiración del grupo.

“Hijos del agobio” encontró a Triana en el corazón de la Transición. Su título describía, según Rodríguez, a los hijos del dolor y de la posguerra, una generación que había crecido bajo el franquismo y reclamaba una vida diferente. La banda representó aquella necesidad sin convertirse en portavoz explícito de ninguna consigna. Su música hablaba de libertad, amor, miedo y deseo mediante imágenes casi místicas, pero conectó con una sociedad que necesitaba sacudirse décadas de grisura.

Con “Sombra y luz” llegó la explosión definitiva. Triana pasó de los círculos contraculturales a vender cientos de miles de discos sin rebajar la singularidad de su propuesta. A su alrededor surgió todo un movimiento bautizado como rock andaluz, con Alameda, Guadalquivir, Cai, Imán Califato Independiente, Medina Azahara y otras formaciones. Sin embargo, ninguna logró reproducir exactamente aquel equilibrio entre canción popular, flamenco y viaje progresivo.

A partir de “Un encuentro” (1980), y especialmente con “Tu frialdad”, el grupo adoptó estructuras más concisas y accesibles. Llegaron después “Un mal sueño” (1981) y “Llegó el día” (1983). El 13 de octubre de ese último año, después de participar en San Sebastián en un concierto en favor de los damnificados por las inundaciones del País Vasco, el automóvil de Jesús de la Rosa chocó frontalmente con una furgoneta en una carretera de Burgos. Murió horas después. Tenía 35 años. Tele y Eduardo, que viajaban en otros vehículos, salieron ilesos. Triana terminó allí: no por decisión empresarial, sino porque su conversación musical había quedado mutilada. En sus nueve años de vida el grupo llegó a vender más de cuatro millones de discos y su influencia se dejaría sentir después en formaciones como El Último de la Fila.

Rodríguez Rodway intentó continuar su camino con “Velo de amor” (1986) y “Noche y día” (1987), dos discos en solitario que conservaron parte del clima de Triana, pero no encontraron una audiencia comparable. El primero fue, en buena medida, una despedida a Jesús. Después se apartó progresivamente de la industria y se instaló en Los Caños de Meca, entre los pinares de La Breña y el cabo de Trafalgar. Mientras la música que había ayudado a crear crecía hasta alcanzar la categoría de leyenda, él escogió una vida alejada del ruido.

La muerte de Tele en 2002 lo convirtió en el último superviviente del trío y también en el guardián más incómodo de su memoria. Durante años se opuso a que otras formaciones actuasen y publicasen discos bajo el nombre de Triana sin contar con ninguno de sus miembros originales. Aquella defensa desembocó en una larga y amarga batalla judicial contra el cantante Juan Reina y los herederos de Tele. Jurídicamente perdió, pero su posición artística, sin embargo, siempre había resultado inequívoca: para él, Triana no era un repertorio intercambiable, sino la alquimia irrepetible de tres personas.

En sus últimos años volvió sobre esa historia con el libro “Triana. A través del aire”, escrito junto a Pablo Selma Luna, y participó en proyectos como Eternos Triana, que actualizaron las grabaciones del grupo. En 2025 celebró el cincuentenario de “El patio” desde su casa gaditana. Medio siglo después de aquellas veinte copias iniciales, el tiempo había dado la razón a Jesús de la Rosa.