El futuro de 23andMe pudo haber terminado en una subasta. En marzo de 2025, la compañía que había convertido los test genéticos en un fenómeno de consumo se acogió al proceso de bancarrota en Estados Unidos, después de años de dificultades financieras y tras la brecha de seguridad sufrida en 2023 que afectó a millones de usuarios. La empresa que llegó a alcanzar una valoración de unos 6.000 millones de dólares se encontraba entonces ante un escenario radicalmente distinto: su enorme base de datos genéticos se había convertido en uno de sus activos más valiosos.
Anne Wojcicki decidió no mirar desde fuera cómo terminaba la historia que ella misma había comenzado. La cofundadora de 23andMe creó TTAM Research Institute, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la investigación médica, y volvió a pujar por la compañía. Su oferta de 305 millones de dólares terminó imponiéndose a la de Regeneron, que había ofrecido 256 millones. En julio de 2025, TTAM completó la adquisición de los activos de 23andMe y abrió una nueva etapa bajo una estructura sin ánimo de lucro.
El movimiento no es solo empresarial. También redefine el propósito de una compañía que nació con una idea sencilla y ambiciosa: poner la información genética al alcance de cualquiera. Ahora, Wojcicki quiere llevar ese planteamiento mucho más lejos. La pregunta ya no es únicamente qué puede descubrir una persona sobre sí misma a través de su ADN, sino qué puede descubrir la ciencia cuando millones de personas deciden participar en investigación genética.
Del consumidor al investigador
La nueva 23andMe mantiene sus servicios de análisis genético, pero el proyecto que Wojcicki presenta ahora mira mucho más allá del test individual. TTAM se define como una organización de investigación médica sin ánimo de lucro que busca reunir a científicos y ciudadanos para profundizar en el conocimiento del ADN y su relación con la salud. La compañía sostiene además que los usuarios deben conservar capacidad de elección y transparencia sobre el uso de sus datos.
El verdadero valor de una base genética no reside únicamente en la información que proporciona a una persona, sino en los patrones que pueden aparecer cuando esos datos se estudian de forma agregada. Cuantos más perfiles existen, mayor es la posibilidad de investigar relaciones entre determinadas variantes genéticas, enfermedades y características biológicas. Ahí aparece la segunda gran apuesta de Wojcicki: la escala.
En junio de 2026, la fundadora explicó que el proyecto aspira a alcanzar los 100 millones de usuarios. La cifra contrasta con los aproximadamente 13 millones de personas cuyos datos genéticos procedentes de muestras de saliva forman actualmente parte de la comunidad de 23andMe. Para Wojcicki, esa dimensión resulta especialmente relevante en un escenario en el que la inteligencia artificial necesita cantidades masivas de información para encontrar patrones.
El objetivo no es menor. Significa intentar convertir una compañía que nació vendiendo conocimiento genético individual en una plataforma de investigación a una escala mucho mayor.
La medicina antes de la enfermedad
La nueva narrativa de 23andMe gira alrededor de una idea que lleva años ganando espacio en el sector sanitario: la prevención. El ADN no determina por sí solo el futuro de una persona, pero puede ofrecer información sobre determinados riesgos y predisposiciones. Cruzar esa información con investigación médica puede ayudar a comprender mejor por qué algunas personas desarrollan determinadas enfermedades y otras no.
En una conversación con Forbes en julio de 2026, Wojcicki presentó precisamente la transformación de 23andMe como un paso desde el modelo directo al consumidor hacia un instituto de investigación centrado en la salud preventiva y en un modelo de ciencia abierta.
Es aquí donde genética e inteligencia artificial empiezan a encontrarse. La posibilidad de analizar cantidades cada vez mayores de información biomédica abre una nueva frontera: pasar de utilizar los datos para explicar el pasado biológico de una persona a emplearlos para identificar patrones que permitan investigar antes determinados riesgos.
Pero cuanto mayor es el potencial, mayor es también la responsabilidad. Los datos genéticos no funcionan como una contraseña que pueda cambiarse después de una filtración. Acompañan a una persona durante toda su vida y, además, contienen información que puede afectar indirectamente a sus familiares. La gestión de esos datos se convirtió precisamente en uno de los grandes debates alrededor de la venta de 23andMe durante su proceso de bancarrota.
Por eso, la segunda vida de Wojcicki no consiste únicamente en reconstruir una compañía. También implica reconstruir una relación con los usuarios basada en el consentimiento, la confianza y la transparencia.
Volver a empezar
Hay algo especialmente revelador en el nuevo capítulo de Wojcicki: podría haber dejado atrás 23andMe cuando la compañía entró en bancarrota. En cambio, decidió recuperarla y cambiar la naturaleza del proyecto.
La mujer que ayudó a popularizar los test genéticos directos al consumidor vuelve ahora con una propuesta diferente. Menos centrada en el producto y más en la investigación; menos interesada en explicar únicamente quiénes somos y más en descubrir qué puede hacer la ciencia con aquello que sabemos sobre nosotros mismos.
La paradoja es que su mayor reinvención nace precisamente del momento más complicado de su compañía. De una empresa tecnológica valorada en miles de millones a una organización sin ánimo de lucro que pretende reunir una comunidad genética de dimensiones inéditas. De vender una respuesta sobre el ADN a intentar convertir millones de respuestas individuales en nuevas preguntas para la ciencia.
El próximo capítulo de Anne Wojcicki ya no pasa únicamente por descifrar el código de la vida. Pasa por averiguar qué puede hacer la humanidad con todo lo que ese código todavía tiene por contar.

