Opinión J.D. Romero

Antes del aplauso

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La completa y multidimensional integración de las redes sociales en nuestras vidas ha sido un arma de doble filo para el emprendimiento. Por un lado, ha democratizado la comunicación, con lo que cualquier profesional (o alguien que aspire a serlo) ya no necesita la aprobación de un gran grupo mediático para proyectarse y, los que están al otro lado, segmentan con una especificidad pasmosa lo que desean consumir y lo que no. Sin embargo, también hay un reverso tenebroso (parafraseando a George Lucas, sí): y ese es la romantización, idealización y la edulcoración del emprendimiento y la consecución del éxito y las metas.

Y es que las redes sociales, y especialmente Instagram y TikTok (las más extendidas), son meramente visuales y simplificantes. ¿Qué quiere decir eso en términos prácticos, reales y tangibles? Que la minimización del mensaje se reduce a Bentleys, yates, Rolex Daytona, ropa de Off-White y coloridos desayunos frente a aguas turquesas. El filtro no puede faltar para que el reel se viralice.

Es por ello que la lícita y valiosa persecución del éxito financiero y el desarrollo personal se ha visto limitada en su comunicación al último escalón o a la etapa final: la del resultado. Pero, ¿qué hay del camino de antes? (casi) nadie parece hablar de ello, por mucho que sea la única parte segura del proceso.

Por eso es interesante ver cómo empresarios (y divulgadores) como Alex Hormozi se refieren en sus entrevistas a The Lonely Chapter o El capítulo de la soledad. Un concepto ya transitado en el pasado (por otros como Chris Williamson, Steven Bartlett o Ed Mylett), pero que quizás ha llegado a más gente gracias al talento del texano para comunicar en todos los nuevos canales. Al fin y al cabo, es un tipo nacido en los ochenta y eso lo aleja de otros referentes de mayor edad.

La idea es sencilla y absolutamente real, aunque no muy extendida: hay una etapa en el emprendimiento en la que uno siente que no es comprendido por sus amigos de siempre y que, a su vez, no es lo suficientemente interesante ni estimulante para aquellos que están en el nivel al que aspira llegar. Dicho de otro modo, los conocidos de siempre y las personas cercanas no quieren que les hables de Napoleon Hill, de Dale Carnegie o del último libro de Simon Sinek o Kim Scott, tampoco de poner el despertador a las cinco de la mañana 365 días al año. Igualmente, los empresarios (o profesionales de éxito) sienten que solo eres un joven con aspiraciones y que aún no puedes aportarles valor real y objetivo. En ese «capítulo de la soledad» uno es la única pieza del puzle que no encaja en un limbo en el que nadie quiere estar, del que casi nadie habla, pero por el que todos tus héroes han transitado.

Además, y de manera inconsciente, los que nos rodean tienden a pensar que el éxito corresponde a otros, que esos tipos a los que admiramos no pueden ser nuestros vecinos, nuestros compañeros de colegio o el niño con el que hacíamos deporte por las tardes. Ese rechazo, o esa incomprensión de la actitud del que tiene naturaleza proactiva, amplifica aún más la sensación de soledad, de confusión y de incomprensión.

Por suerte, el desamparo en esa etapa es inversamente proporcional a la dicha que uno experimenta cuando comienza a abrazar sus objetivos, cuando suenan los aplausos y cuando los números empiezan a cuadrar. Que las redes sociales no te hablen del precio a pagar no quiere decir que no exista, que la imagen del café, el portátil y el día amaneciendo sea menos romántica que la del Breitling en la muñeca es un hecho. No mencionar las cosas no hace que no existan y no contarlas con el móvil no quiere decir que no sucedan.

Dicho esto, ¿merece la pena perseguir nuestros sueños como un jaguar a su presa? Por supuesto. Y, además, la vida no merece la pena de otro modo. 

Por J.D. Romero, responsable de Marketing & Comunicación Lantia Publishing.