La playa siempre ha funcionado como un particular laboratorio social del cuerpo. Uno de los pocos espacios públicos donde aceptamos una exposición corporal extraordinariamente alta y donde, por tanto, puede observarse con claridad qué entiende cada época por un cuerpo deseable.
Y ese cuerpo ha cambiado.
Si observamos la cultura visual de los setenta, ochenta y noventa —cine, publicidad, revistas, televisión— encontramos una sensualidad diferente de la actual. No necesariamente cuerpos mejores o peores, sino una distribución distinta de la atención.
Durante décadas, el pecho femenino ocupó una posición central. El topless mediterráneo y determinados iconos populares como Sabrina Salerno o Cicciolina pertenecían a una cultura visual en la que el pecho funcionaba casi como abreviatura de la sensualidad.
Cuarenta años después, esa geografía parece haberse desplazado.
Del cuerpo que se tiene al cuerpo que se construye
Una de las grandes transformaciones contemporáneas es la aparición del cuerpo trabajado como ideal estético masivo. Gimnasio, running, yoga, pilates o entrenamiento funcional han convertido el cuerpo en algo que culturalmente no solo se posee: también se entrena y transforma.
Eso modifica aquello que miramos. Piernas, glúteos, abdomen, espalda y postura han adquirido una importancia visual mucho mayor. El canon contemporáneo valora especialmente el tono muscular, la proporción y la forma.
No significa que el pecho haya dejado de formar parte de los códigos de belleza. Significa que ha perdido parte del protagonismo simbólico que tuvo durante una determinada época.
Existe además una diferencia interesante: muchos de los atributos hoy valorados pueden modificarse parcialmente mediante entrenamiento y hábitos físicos. El ideal se desplaza así, en cierta medida, de aquello que se tiene hacia aquello que se construye.
El topless disminuye, el bikini disminuye también
Aquí aparece una paradoja. La menor presencia del topless no significa necesariamente una sociedad más pudorosa.
Mientras el pecho se cubre más, la parte inferior del bikini se ha reducido radicalmente. Tangas, cortes brasileños, piezas en V y patrones mínimos han pasado del margen al mainstream.
El bikini no se ha vuelto más conservador. Ha cambiado aquello que decide mostrar.
Y también ha cambiado su función. Una determinada altura alarga visualmente las piernas; un corte pronunciado modifica la relación entre cintura y cadera; una menor cobertura posterior convierte los glúteos en parte explícita de la composición estética.
El bikini contemporáneo ya no se limita a cubrir el cuerpo. Lo encuadra.
De Sabrina a Instagram
También ha cambiado quién construye el canon. Antes lo hacían fundamentalmente Hollywood, las revistas, la publicidad y la televisión. Hoy Instagram, TikTok, el fitness, las celebrities y las propias marcas producen millones de imágenes corporales diariamente.
Los algoritmos aceleran el proceso: determinadas siluetas se repiten hasta convertirse rápidamente en referencias globales. Así, códigos procedentes del fitness —piernas fuertes, glúteos entrenados, abdomen definido— han entrado en el lenguaje general de la moda y la belleza.
Y el swimwear ha respondido.
Moda y cuerpo mantienen una relación circular: la ropa modifica nuestra percepción del cuerpo y nuestra percepción del cuerpo modifica la ropa que diseñamos.
Una nueva sensualidad
Algunas representaciones de la sensualidad de los ochenta y noventa pueden percibirse hoy como excesivamente explícitas o incluso algo anticuadas. No porque nuestra sociedad sea menos sexualizada, sino porque utiliza códigos diferentes.
El erotismo frontal centrado en el pecho ha dejado paso, parcialmente, a una sensualidad construida alrededor del cuerpo atlético, las piernas, la cintura, la espalda, los glúteos y el movimiento.
No necesariamente enseñamos menos. Enseñamos de otra manera.
Y ahí reside la aparente contradicción del topless contemporáneo: puede perder presencia precisamente mientras el bikini se hace más pequeño.
Nada de esto significa que exista un cuerpo objetivamente bello. La belleza es individual, cultural y cambiante. Los cánones no son leyes: son consensos culturales temporales, amplificados hoy por medios y algoritmos. Además, actualmente conviven muchos más modelos corporales y discursos sobre diversidad que en décadas anteriores.
La historia del bikini nunca ha sido únicamente la historia de una prenda. Cada cambio de tamaño, patronaje o proporción explica algo sobre la sociedad que lo lleva.
No hemos dejado de mirar el cuerpo.
Hemos cambiado dónde miramos, cómo lo miramos y qué significado atribuimos a aquello que vemos.
Eduard Pitarch es Director Creativo en Hamlet y Socio en Arrels.

