Hay negocios que nacen pequeños y terminan creciendo porque encuentran un mercado. Y hay otros que crecen precisamente porque consiguen que su origen forme parte del producto. Rialto pertenece a esa segunda categoría. Las moscovitas llevan casi un siglo saliendo de Oviedo, primero como una especialidad de confitería y después como una de las marcas gastronómicas más reconocibles de Asturias. Ahora están a punto de emprender el viaje más ambicioso de su historia.
La familia Riberas y la Casa de Alba han entrado en el proyecto de expansión de la confitería ovetense junto a otras dos importantes familias empresarias españolas cuya identidad se mantiene en reserva. La operación, según adelantó La Nueva España, supone una inversión de varios millones de euros y contempla tanto la entrada de los nuevos socios en el capital –en principio con una participación minoritaria– como un plan de crecimiento para multiplicar la presencia de Rialto en España y llevar sus moscovitas a las grandes capitales europeas.
El acuerdo se ha negociado durante meses con discreción y fue comunicado a la plantilla del obrador hace unas semanas. El propietario de Rialto, Francisco Gayoso, ha explicado a La Nueva España que la familia decidió buscar como socios a otros grupos familiares españoles porque consideraba que ofrecían una mayor estabilidad que un fondo de inversión. La intención es conservar el carácter de empresa familiar mientras se dota al negocio de músculo suficiente para afrontar una expansión que ya no puede limitarse a Asturias.
La operación tiene, además, una fecha simbólica: Rialto cumple un siglo en 2026. Y el negocio llega a ese aniversario en una situación muy distinta a la de aquella pequeña confitería que empezó a hacerse conocida en Oviedo. Hoy cuenta con más de 400 puntos de venta en España, presencia internacional y un obrador capaz de producir millones de unidades al año.
El reto ahora es bastante más difícil que fabricar más moscovitas. Es conseguir que alguien que vive a cientos o miles de kilómetros de Asturias entienda por qué debería querer una.
La moscovita que salió de Oviedo y acabó cruzando fronteras
La historia de Rialto comenzó en 1926, y su producto estrella es una de esas rarezas gastronómicas que han conseguido sobrevivir a los cambios de moda precisamente porque nunca dejaron de parecer lo que son: un dulce sencillo, reconocible y ligado a un lugar concreto.
La moscovita clásica es una fina pasta de almendra Marcona cubierta de chocolate. Rialto asegura que la receta original se ha conservado durante generaciones y que la elaboración continúa siendo artesanal. La marca MOSCOVITAS y su fórmula están registradas.
La compañía construyó en 2010 un obrador específico en el Parque Empresarial de Argame, en Morcín, ante el crecimiento de la demanda. La decisión fue importante porque permitió aumentar la capacidad sin renunciar al método que había hecho reconocible al producto. La propia Rialto explica que cada moscovita continúa elaborándose una a una y que el nuevo espacio incorporó tecnología alimentaria manteniendo el componente artesanal.
El resultado da una idea bastante más precisa de lo que ha sucedido con el negocio que cualquier descripción sobre una vieja confitería asturiana.
En 2024 se elaboraron 18 millones de moscovitas, según los datos publicados por El País, y la previsión era alcanzar aproximadamente los 20 millones en 2025. Ese mismo año, Rialto facturó 12 millones de euros, con las moscovitas aportando alrededor de la mitad de los ingresos.
El mercado nacional también ha cambiado. Rialto mantiene dos establecimientos propios en Oviedo y otro en Madrid, en Núñez de Balboa, y su red supera los 400 puntos de venta en España.
Y el dulce ya ha empezado a viajar.
Rialto vende sus productos en mercados como Estados Unidos, República Dominicana y Filipinas, además de otros países. El País situaba en 2025 la presencia internacional de las moscovitas en República Dominicana, Filipinas, Países Bajos, Estados Unidos, Alemania, Francia, Portugal y Reino Unido.
Lo que cambia ahora es la ambición. Ya no se trata de exportar moscovitas: se trata de construir una marca internacional alrededor de ellas.
Los Riberas: del acero, los coches y las máquinas a una caja de pastas
Que los nuevos socios sean los Riberas no es un detalle menor. La familia se ha hecho un nombre en algunos de los sectores más industriales de la economía española, desde la automoción y el acero hasta la energía.
Los hermanos Francisco José y Jon Riberas Mera, hijos del empresario Francisco Riberas Pamies, están al frente de dos de los grandes pilares del grupo familiar. Francisco José preside Gestamp, mientras Jon está al frente de Gonvarri Industries. El entramado empresarial de la familia se articula alrededor de Acek Desarrollo y Gestión Industrial.
En Asturias, además, los Riberas no son recién llegados. Su vínculo con la región pasa, entre otras inversiones, por GAM, la compañía de alquiler de maquinaria con sede en Siero. La documentación corporativa de GAM identifica a Orilla Asset Management, vehículo patrimonial de Francisco José Riberas Mera, como accionista mayoritario, con un 43,24% del capital, al que se suma la participación indirecta de sus hijos.
También están presentes en la industria asturiana a través de Gonvarri Asturias, en Cancienes, y mantienen otras actividades empresariales vinculadas al territorio.
Por eso la llegada a Rialto tiene una lectura que va más allá de una inversión financiera. Los Riberas vuelven a apostar por Asturias, pero esta vez no lo hacen alrededor de una acería, una fábrica de componentes o una empresa de maquinaria. Lo hacen alrededor de una caja de dulces.
Y no es su primera aproximación al mundo gastronómico.
Jon Riberas mantiene desde hace años una relación empresarial con el chef José Andrés, fruto de la cual nació el vehículo Jose & Jon Investments. Entre sus proyectos figura Bulbiza, en Madrid, donde confluyeron distintos establecimientos gastronómicos. Es decir, detrás de la inversión en Rialto hay también una experiencia previa en alimentación, restauración y negocios vinculados al consumo premium.
La operación tiene así una lógica bastante reconocible para un gran patrimonio familiar: entrar en un negocio con una marca ya construida, una historia difícil de replicar y margen para crecer.
Y al otro lado está la Casa de Alba
La otra firma que da nombre propio a la operación es todavía más inesperada.
La Casa de Alba pertenece a una categoría diferente de patrimonio. Su historia no se construyó alrededor de una fábrica ni de una multinacional, sino a través de siglos de patrimonio, tierras, arte y propiedades. Su principal residencia, el Palacio de Liria, es también la sede de una de las colecciones histórico-artísticas privadas más importantes del país.
Su entrada en Rialto introduce, por tanto, otro elemento interesante en la operación: la unión entre capital industrial, patrimonio histórico y una marca gastronómica de origen regional.
Según la información publicada por La Nueva España, la vinculación de la Casa de Alba con el proyecto quedó reforzada después de la visita a Oviedo de un miembro de la familia para cerrar los últimos detalles del acuerdo. El diario señala además que junto a los Riberas y la Casa de Alba participan otras dos familias empresarias españolas, también bajo una estructura de inversión familiar y con sus nombres mantenidos en reserva.
No se ha hecho pública la cifra exacta de la operación.
Sí se conoce su escala: es una inversión de varios millones de euros y no consiste únicamente en comprar una participación de Rialto. El acuerdo incluye también el capital necesario para ejecutar el plan de expansión.
Y aquí está una de las claves: los nuevos socios no entran para cambiar la naturaleza de Rialto, sino para acelerar algo que la compañía ya había empezado por sí misma.
Una familia seguirá mandando
La entrada de los nuevos inversores no supone que la familia propietaria desaparezca del negocio. Al contrario. Francisco Gayoso y su hermana Ángela Gayoso continuarán como principales propietarios, según la información publicada por La Nueva España. La operación se ha diseñado con una participación inicialmente minoritaria para los nuevos socios.
Es un detalle importante porque explica también por qué la propiedad ha elegido familias empresarias en lugar de un fondo de inversión.
El objetivo es crecer sin perder el control de una marca que lleva cuatro generaciones vinculada a la familia y que tiene en Ana Fernández, esposa de Francisco Gayoso, una figura fundamental para la imagen del negocio, el diseño y el empaquetado.
En otras palabras: los inversores aportarán capital, estructura y capacidad de expansión, pero el apellido Rialto seguirá estando en manos de quienes llevan décadas detrás del obrador.
La fórmula tiene sentido en un negocio en el que el envoltorio importa casi tanto como lo que hay dentro. Porque una caja de Moscovitas no se compra únicamente por sus ingredientes. También se compra por Oviedo, por Asturias y por la historia que representa.
Más de dos millones para que la fábrica pueda seguir siendo artesanal
El dinero de la operación llega, además, cuando Rialto ya estaba realizando una inversión importante en Asturias. La empresa ha movilizado más de dos millones de euros para ampliar su capacidad productiva. El despliegue incluye un nuevo obrador construido en una parcela contigua a las instalaciones existentes y la ampliación de la nave principal.
El objetivo es sencillo de explicar: hacer muchas más moscovitas sin convertirlas en un producto industrial cualquiera.
En el obrador de Argame se mezclan tecnología y trabajo manual. La masa se prepara con nata, azúcar y almendra Marcona; después las piezas se dosifican y se cubren con chocolate una a una. El pesado y el empaquetado también conservan un componente manual, según documentó El País en su visita a las instalaciones.
La propia Rialto insiste en esa combinación. Su obrador cuenta con tecnología alimentaria y sistemas de producción modernos, pero la empresa sostiene que cada moscovita continúa elaborándose individualmente y que el proceso artesanal forma parte esencial de su identidad.
Ahora la capacidad será mayor. La ampliación permitirá incorporar al menos 30 nuevos trabajadores a corto plazo, según La Nueva España. La plantilla fija ronda actualmente el centenar de personas y se acerca a 130 trabajadores durante las campañas de verano y Navidad.
El dato resulta revelador: el salto internacional de Rialto no significa que Asturias vaya a perder protagonismo. La expansión exterior se va a construir desde Asturias.
El plan: Madrid primero, Europa después
La hoja de ruta tiene dos velocidades. La primera pasa por reforzar la presencia en España y, especialmente, en Madrid. Rialto prevé abrir nuevas tiendas propias en la llamada milla de oro, llevando el producto a una zona donde la gastronomía, el lujo y las marcas premium compiten por el mismo consumidor. Después llegará Europa.
El objetivo declarado es entrar en las grandes capitales europeas, aprovechando el crecimiento que ya ha experimentado la marca fuera de Asturias. La empresa cuenta con más de 400 puntos de venta nacionales y ha empezado a abrir mercados internacionales, de modo que la nueva operación pretende transformar una presencia todavía dispersa en una verdadera estrategia de expansión.
Para dirigir esa nueva etapa, Rialto también ha reforzado su estructura ejecutiva. Según La Nueva España, se incorporarán dos altos ejecutivos como CEOs para desarrollar un plan estratégico a siete años.
Es probablemente el cambio menos visible y, al mismo tiempo, uno de los más importantes. Hasta ahora Rialto podía crecer siguiendo la lógica de una empresa familiar que había encontrado un producto extraordinariamente exitoso. A partir de ahora necesitará comportarse como una compañía capaz de gestionar mercados internacionales, nuevas tiendas, logística, contratación, distribución y una marca que tendrá que competir fuera de España.
La moscovita puede seguir siendo artesanal. La gestión que la rodea tendrá que ser bastante más sofisticada.
El problema de llevar una moscovita a Londres
Hay una razón por la que internacionalizar un dulce artesanal es bastante más complicado que abrir una tienda nueva. La moscovita no es un producto completamente industrial, ni pretende serlo. La empresa recomienda conservarla en un lugar fresco y seco, entre 14 y 18 grados, y establece una fecha de consumo preferente de 90 días desde su elaboración. Eso condiciona el negocio.
Una caja de moscovitas puede viajar, pero no puede tratarse como una mercancía cualquiera. La logística, el almacenamiento y la conservación forman parte de la ecuación. Y cuanto más lejos esté el consumidor del obrador de Argame, más importante será controlar cada eslabón de la cadena.
La compañía tendrá que resolver, además, otro desafío menos tangible: explicar qué es una moscovita a alguien que jamás ha oído hablar de ella.
En España juega a su favor la historia. En Oviedo no hace falta explicar qué es Rialto. En Londres, París o Milán será necesario construir esa relación desde cero. Ahí es donde los nuevos socios pueden aportar algo que una receta no proporciona: capital, contactos, experiencia empresarial y capacidad para abrir puertas.
Una caja pequeña con una ambición enorme
La historia de Rialto tiene algo particularmente atractivo desde el punto de vista empresarial. No se trata de una compañía que haya inventado una moda para aprovechar un mercado pasajero. Lleva casi 100 años haciendo prácticamente el mismo producto y ha conseguido convertirlo en una marca reconocible mucho más allá de su ciudad de origen.
En 2024 produjo 18 millones de moscovitas, esperaba alcanzar unos 20 millones al año siguiente y facturó 12 millones de euros.
Ahora cuatro grandes familias españolas están apostando por llevar esa historia a otra dimensión.
Los Riberas ponen sobre la mesa su experiencia industrial y su conocimiento de los procesos de expansión. La Casa de Alba aporta otra clase de patrimonio y una capacidad de conexión con el universo del lujo y el producto de alta gama. Las otras dos familias, todavía bajo reserva, completan un grupo inversor que ha decidido apostar por una empresa asturiana en lugar de por un fondo financiero. Y la familia Gayoso conserva las riendas.
Es una combinación poco habitual: una confitería centenaria, cuatro familias inversoras, una ampliación millonaria, 30 nuevos empleos y un plan para conquistar Europa.
Todo empieza, sin embargo, en un lugar bastante menos grandilocuente que Madrid, París o Londres: un obrador de Asturias donde alguien sigue poniendo chocolate sobre una fina pasta de almendra.
Porque el verdadero desafío de Rialto no será conseguir que las moscovitas crucen la frontera. Será conseguir que, cuando lleguen al otro lado, sigan sabiendo a Oviedo.

