Obituario

Ricardo Pachón, leyenda de su tiempo

En este auténtico verano devastador hay un nuevo y desgraciado fallecimiento que añadir a los ya producidos. En esta ocasión se trata del productor musical, arreglista y compositor andaluz Ricardo Pachón (Sevilla, 1937-ibid. 2026), una auténtica leyenda de su tiempo, aunque su nombre sólo les sea familiar a los profesionales de la música.

Ricardo Pachón. (Imagen: EP/ Junta de Andalucía)

Se tiende a emplear calificativos como genio o leyenda con una facilidad pasmosa, pero en el caso de Ricardo Pachón Capitán, lo de leyenda es incuestionable. El productor discográfico sevillano ha muerto este miércoles en su ciudad natal a los 89, según ha anunciado la Junta de Andalucía. Con él se apaga una de las inteligencias más decisivas que ha dado el flamenco en el último medio siglo: la de un productor con más de un centenar de álbumes a su cargo, que cambió para siempre la manera en que España escuchaba el género.

Nacido en Sevilla en 1937 en el seno de una familia acomodada, Pachón estudió Derecho en la Universidad de Sevilla, una carrera que ejerció poco y que sin embargo le dio el perfil de gestor cultural que después desplegaría en la Diputación de Sevilla, en la Junta de Andalucía y en RTVE, produciendo documentales y programas sobre el mundo jondo. En los últimos años fue también efímero director –apenas cuatro meses– del Instituto Andaluz del Flamenco, tras la pandemia, pero lo dejó harto de la burocracia.

El ámbito de trabajo fundamental de Pachón fue el flamenco, al que decir que lo revolucionó se puede quedar hasta corto: baste decir que fue el responsable sonoro de “Nuevo día”, el primer álbum del dúo Lole y Manuel, publicado en 1975; “Veneno”, otro primer álbum, el del grupo del mismo nombre formado por Kiko Veneno y los hermanos Rafael y Raimundo Amador, que apareció en 1977, y, sobre todo, “La leyenda del tiempo”, el décimo álbum de Camarón de la Isla, publicado en 1979, y del que Pachón era compositor musical de siete de sus diez piezas, con el que el cantaor desafió las normas del purismo e hizo que se creara el “Nuevo flamenco”.

Pachón, de funcionario a productor

En realidad, el que desafiaba las normas era Pachón, un payo que se crio en el barrio sevillano de Triana, conviviendo con gitanos. Ahí nació su relación con el flamenco, aprendiendo, incluso, a tocar la guitarra –llegó a tocar para muchos cantaores de estirpes como los Cagancho o los Pelao, aunque su mayor logro, decía, fue que llegó a acompañar en una ocasión a la Niña de los Peines. Del mundo payo le vino lo de ser abogado y funcionario, desde 1971, de la Diputación de Sevilla. Y gran amante del rock de Pink Floyd, que conoció gracias a sus contactos con los militares de las bases americanas de Morón y Rota.

Del encuentro entre ambas músicas nació su impulso por convertirse en productor discográfico, aunque fuera de un modo casi accidental: un amigo, el también fallecido Alfonso Eduardo Pérez Orozco, tenía que grabar unas sesiones de flamenco para el sello EMI Odeon y, sin más credenciales que la confianza, dejó a Pachón al frente. Era 1969. De aquellas grabaciones con figuras como el Mono de Jerez, Pepe Rivera y los Luceritos de la Puebla salió, en sus propias palabras, “el veneno de la producción de trabajos discográficos”.

Dos años después produjo un disco compartido, una cara para cada uno, por el cantaor Agujetas y grupo sevillano Smash, “Vanguardia y pureza del flamenco”, que no se publicaría hasta 1978. Ahí estaba ya “El garrotín”, el germen de todo lo que vino después. Fue Pachón quien convenció a Manuel Molina, guitarrista gitano hasta entonces ajeno al pop y al rock, de sumarse a la banda, sembrando la idea de que el flamenco podía dialogar con la electricidad sin dejar de ser flamenco. De ahí nació el hilo que lo llevaría, a mediados de los setenta, a producir los tres primeros discos de Lole y Manuel –el citado “Nuevo día”, “Pasaje del agua” (1976) y “Romero verde” (1977)–, álbumes que introdujeron instrumentos nunca oídos en el género, como el mellotron, y que abrieron una vía de intimidad y poesía frente a los clichés del flamenco de consumo.

Fue también Pachón quien, en 1977, produjo el álbum de debut de Veneno, un disco hoy de culto que fusionó flamenco, rock y libertad callejera, y que unos años más tarde daría lugar a Pata Negra, con quienes Pachón siguió trabajando en discos tan influyentes como “Blues de la frontera” (1987).

La leyenda de Pachón junto a Camarón

Pero si hay un título que resume su legado ese es “La leyenda del tiempo”. La leyenda cuenta que Camarón le pidió a Pachón, en su media lengua gaditana, que le “buscara cositas de esas… modernitas”. Pachón pensó en Manuel Molina y el resultado –un disco que incorporaba letras de Federico García Lorca, arreglos casi psicodélicos y una libertad formal impensable en el cante ortodoxo– fue recibido con desconcierto por buena parte de la crítica flamenca de la época, aunque hoy se considera, sin discusión, uno de los discos más importantes de la música española del siglo XX. Pachón siguió al lado de Camarón en trabajos posteriores como “Como el agua” (1981), “Calle Real” (1983), “Viviré” (1984) o “Soy gitano” (1989), y tras su muerte se ocupó de preservar y editar buena parte de su legado sonoro, incluida la antología inédita del cantaor.

Esa faceta de archivero y conservador fue tan importante como la de productor. En su casa del barrio sevillano de Nervión, Pachón custodiaba durante décadas lo que él mismo describía como una “catedral de cintas magnétofónicas”: grabaciones de campo, tomas descartadas, documentos sonoros de cantaores que de otro modo se habrían perdido. “El flamenco se muere solo, no hace falta que se lo carguen”, afirmó en una entrevista con Jot Down, resumiendo su convicción de que el mayor peligro para la tradición no era la modernidad, sino el olvido y la desidia de quienes debían protegerla.

Su trabajo no se limitó a la producción discográfica. Dirigió documentales para RTVE y Canal Sur sobre figuras y territorios del cante –entre ellos “Dame veneno” (2007), sobre el cruce entre Camarón, Veneno y Pata Negra– y sobre grupos como Triana. Esa doble condición de productor y cineasta hizo de él un cronista tan fiable como parte interesada de la revolución que él mismo protagonizó, alguien capaz de explicar desde dentro por qué aquellos siete años convulsos, coincidentes con la Transición española, cambiaron el rumbo de un arte centenario.

Pachón defendió siempre, con la misma insistencia con la que defendía sus discos, el origen gitano de buena parte de lo mejor del cante, una posición que sostuvo públicamente frente a lecturas más academicistas del flamenco y que le valió tanto reconocimiento como controversia dentro del propio gremio. No era una postura oportunista: nacía de décadas de trato directo con familias cantaoras, de horas grabando en cocinas y patios antes que en estudios profesionales, y de la convicción de que la historia oficial del flamenco había minimizado con frecuencia esa raíz. Esa cercanía con los protagonistas del cante es la que le permitió, siendo ya mayor, seguir siendo interlocutor de confianza de músicos jóvenes que veían en él no a un anticuario del género, sino a alguien que había estado allí cuando las reglas todavía se estaban escribiendo.

El reconocimiento institucional

Contaba, con el gusto por la anécdota que conservó hasta el final, que su primer contacto con la música extranjera había llegado de niño a través de un disco de Doris Day que le trajeron de Tánger sus padres, un cruce de culturas fascinante para un sevillano de posguerra. De ese tipo de detalles, aparentemente menores, estaba hecha su manera de entender la producción: no como una técnica de estudio, sino como una escucha atenta a todo lo que un músico traía consigo, viniera de un cortijo gaditano o de la radio internacional.

El reconocimiento institucional llegó, como suele ocurrir con quienes trabajan a contracorriente, con retraso. En 2021 recibió el Premio Leyenda del Flamenco, un homenaje tardío a una carrera que la industria discográfica había tratado durante años como un accidente feliz más que como el resultado de un criterio artístico sostenido. Pachón, sin embargo, nunca reclamó ese reconocimiento con urgencia: prefería explicar, en las entrevistas que concedía con generosidad hasta bien entrada su vejez, el contexto cultural que había hecho posibles sus discos, desde el peso de la Transición hasta el papel de sustancias como el LSD en la apertura mental de toda una generación de músicos andaluces, un tema sobre el que reflexionó sin tapujos en distintas conversaciones públicas.

Le sobrevive un catálogo que hoy resulta difícil de imaginar como obra de una sola persona: el nacimiento del nuevo flamenco no como etiqueta de marketing, sino como un movimiento real, nacido en Sevilla y Cádiz, con nombres propios y una lógica interna que Pachón entendió antes que casi nadie. Entendió, sobre todo, algo que repitió de distintas formas a lo largo de su vida: que abrir el flamenco al rock, al jazz o a la psicodelia no era traicionar la raíz, sino la única manera de que esa raíz siguiera viva.

Con Ricardo Pachón desaparece el último gran arquitecto de una generación de productores que entendió el estudio de grabación como un espacio de pensamiento tanto como de sonido. Su nombre queda inseparablemente unido al de Camarón, a Lole y Manuel, a Veneno y a Pata Negra, pero también al de un flamenco que, gracias en buena parte a su instinto, dejó de mirar solo hacia atrás.