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La jubilación según Benedetti

Mario Benedetti (Uruguay, 1920) reprodujo el diario de Matín Santomé, un trabajador de oficina que ve cómo se acerca su jubilación. Redacta Benedetti un interesante relato en primera persona, confeccionando la historia de una persona que bien podría ser la de cualquiera a lo largo de su vida, sobre todo en la recta final.

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Manuel Vázquez Montalbán decía sobre La tregua que era la historia de “un oficinista uruguayo a punto de jubilarse. Ese final anunciado de un determinado sentido del tiempo para acceder al ocio y la espera del tiempo para morir”. Mientras que por su parte, el autor, narraba a modo de diario, la vida de un señor que veía cómo su vida cambiaba bruscamente al verse fuera de lugar con la llegaba de la jubilación.

¿Ocio y vivir la vida con una edad tan avanzada? “Cuando me jubile, tal vez lo mejor sea abandonarme al ocio, a una especie de modorra compensatoria, a fin de que los nervios, los músculos, la energía, se relajen de a poco y se acostumbre a bien morir”. Los achaques de la edad no perdonan y la vida no se ve ya de la misma manera que con veinte años. Toda una vida de esfuerzo para que, con suerte, le den a uno una palmadita en la espalda y un deseo. “En la oficina me quisieron dar una despedida y no acepté”. Y eso es todo. ¿Qué queda ahora de lo vivido?

Benedetti describe en La tregua el sentimiento y evolución de este oficinista llamado Santomé a falta de seis meses para la jubilación. Dentro de este diario (desde el lunes 11 de febrero hasta el viernes 28 de febrero del año siguiente), el escritor uruguayo aborda el desarrollo psicológico del personaje, yendo desde la aceptación hasta la resignación, pasando por la tristeza y la melancolía del que deja su puesto de trabajo para sentarse a esperar a la muerte. “Desde mañana y hasta el día de mi muerte, el tiempo estará a mis órdenes. Después de tanta espera, esto es el ocio. ¿Qué haré con él?”.

La cotidianidad monótona y aburrida se entremezcla con la frustración. Él viudo, acaba enamorándose, pero el sentimiento no hace sino hundirle más en la rutina y en el sopor. “Está segura de que el trabajo la asfixia, de que nunca se suicidará, de que el marxismo es un grave error, de que yo le gusto, de que la muerte no es el fin de todo, de que sus padres son magníficos, de que Dios existe, de que la gente en que confía no habrá de fallarle jamás”, retrata a la joven compañera de manera categórica.

“Me aburrí de mí mismo, de mi propia paciencia”, dice. Y culminando su etapa como herramienta de producción, repara en la creencia en Dios y en las cuestiones sobre el aburrimiento. “El aburrimiento es, hoy en día, una gran desventaja que por lo general la gente no perdona”. Y así sigue la historia, campando por la falta de ilusiones y alguna pequeña luz, pero es una subida tímida para volver a hundirse.

El café, la casa, la oficina… ¿y ahora?