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Perseverancia: la filosofía del “erre que erre”

La virtud de la perseverancia, dicen algunos que puntúa doble. Y es que el aprender de los tropiezos, el volver a levantarse pese a los cuestionamientos de la gente y persistir en esa filosofía del “erre que erre” tiene que tener, al final del recorrido su merecido premio al esfuerzo. Más allá de la fuerza interior y del aprendizaje alcanzado, son muchos los casos de éxito que demuestran que el guiarse por los instintos y probar, probar y probar hasta conseguirlo, ese “fake it till you make it” tiene su recompensa.

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Son muchos los nombres que abanderan está filosofía cabezota, emprendedores, empresarios, deportistas o artistas de diferentes disciplinas por los que ayer nadie daba un euro y que hoy en día son reconocidos por su talento, hasta el punto de contar con un hueco más que destacado en la memoria colectiva.


Sin ir más lejos, un hombre de negocios de la talla de Henry Ford no estuvo como se suele decir “sembrado” en sus inicios. Una de las mentes más brillantes de la industria del automóvil lleva aparejada a su trayectoria hasta cinco bancarrotas, desde que allá por 1893 afrontará el diseño de su primer coche impulsado por gasolina. La insistencia llevó a Ford a pasar del cierre de varias de sus empresas al éxito convirtiéndose en un empresario que, más allá de lograr convertir su insistencia y esfuerzo en dinero, es recordado como la persona que transformó el mundo de los coches acercándolo a la mayoría de la gente.


La creadora de la mundialmente conocida saga del mago Harry Potter tampoco corrió mejor suerte en sus comienzos. En el caso de J. K Rowling, las editoriales respondieron a golpe de portazo hasta en
doce ocasiones a su trabajo. Ahogada por las deudas y cobrando una ayuda estatal para salir adelante, la escritora paso página a la posibilidad de tirar la toalla hasta conseguir que la historia del Harry y sus amigos se convirtiese en libro. Y al final lo consiguió, la publicación del relato por parte de una empresa modesta del sector no fue inconveniente para que la obra generase un auténtico efecto bola de nieve traducido en éxito y dinero.

En esta lista de personas con un arranque profesional un tanto agridulce tiene también su hueco Rowland Hussey Macy. El impulsor de la exitosa cadena Macy’s inició su andadura empresarial en un mar un tanto embravecido pero marcado por las señales. A los 15 años, este hombre de gran olfato empresarial tuvo su primer contacto con el mundo del trabajo embarcándose en un ballenero. Una etapa en alta mar que como dicen quienes se dedican al oficio, curte y de la que se llevó tatuada en su mano la estrella roja que años después sería el logotipo de su gigante empresarial.

Pero antes de llegar a ese punto, Rowland Hussey Macy puso en marcha cuatro establecimientos para la venta de productos al por menor que llevaron la etiqueta de “fracaso”. Con unas cuantas deudas y una buena dosis de conocimientos aprendidos a base de errores se trasladó a Nueva York para volverlo a intentar y, esta vez sí empezar a vender, vender y vender construyendo el armazón de un negocio de altura.

“He descubierto que el fracaso no es más que un salto hacia algo mucho más grande y mejor. Detrás de un problema, hay una oportunidad, si usted quiere buscarla“. Esta frase acuñada por el Coronel Sanders, el creador de la cadena de comida rápida Kentucky Fried Chicken ya dejaba entrever esa parte menos lucida que acompaña al proceso de despegue de un proyecto.

En su caso, la historia de la exitosa marca de pollo frito comenzó a esbozarse cuando Harland David Sanders tenía 66 años. Con una amplia experiencia en las técnicas culinarias para ofrecer el mejor sabor en este producto dirigiendo un establecimiento en Kentucky, el nuevo trazado de una carretera obligó al Coronel a echar el cierre a su negocio y a partir de ahí, volver a buscarse literalmente la vida. Sanders comenzó un auténtico tour para ofrecer sus conocimientos y una receta “única” que, antes de convertirse en éxito, recibió

La lista es amplia y variopinta y encierra más nombres como el de un Charles Chaplin, por aquellos primeros momentos desconocido, al que le sugirieron dedicarse a otra cosa porque su humor no era muy accesible para el gran público o un Vincent van Gogh que pintó y pintó viviendo con el hambre al cuello y que vendió en vida algunos trabajos puntuales y un único cuadro, encima a un amigo. Cada una de estas historias encierra, en definitiva, lecciones valiosas para no perder la motivación y seguir encontrando ese empujoncito para continuar intentándolo y no desfallecer, pese a que el viento sople de frente.

Nadia Iglesias de OnTheRecord