“Las colecciones permanentes son una moneda ideal para intercambiar obras con otros museos”

Nadie diría que Manuel Borja-Villel (Burriana, Castellón, 1957), con su voz cortés, su tradicional bigote y sus trajes discretos, anchos y hasta aburridos, tiene madera de revolucionario.

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Pero la tiene. Dirige el Reina Sofía desde 2008 y está transformando radicalmente su filosofía. También conspira en la disrupción de los museos enfrentándose a las resistencias de algunas de las instituciones más poderosas del mundo.

Es un emprendedor cultural de éxito que mira con escepticismo el emprendimiento, el éxito y el mercado. Desconfía de las grandes casas de subastas y rechaza el imperio del show, la especulación y el beneficio a corto plazo que han minado la confianza en el arte contemporáneo durante los últimos años. Le pedimos que abandone por un momento su bonhomía habitual y muestre con contundencia sus ideas. Y lo hace.

Usted desafía el modelo tradicional de los museos. ¿En qué consiste?

El modelo tradicional se corresponde con el espíritu de los grandes museos que surgieron a finales del siglo XIX y principios del XX. Hablamos del Prado, el Metropolitan, el British o el Louvre. Para ellos, las obras de arte eran tesoros, creían que los tesoros eran suyos cuando los adquirían y asumían que la acumulación de tesoros y obras de arte era una de sus funciones esenciales. Además, les importaba mucho más el objeto, la obra, que la interpretación o los relatos que se construyeran sobre ella. La interpretación y los relatos, por supuesto, eran unívocos –las cosas sólo podían verse de una forma– y se dirigían a un espectador blanco, occidental y pasivo.

Esa mentalidad ha comenzado a cambiar en las últimas décadas…

Eso es. Ahora los relatos son, como mínimo, igual de importantes que los objetos y las obras de arte cada vez se consideran más un patrimonio de la humanidad. Los grandes museos somos sus custodios, no sus propietarios. Además, se ha empezado a entender que no es bueno que instituciones como el Metropolitan no puedan exhibir más del 3% del arte que acumulan si no lo comparten. Pueden terminar comprando casi toda la obra de algunos artistas y dejándola en el almacén. Esos artistas quedan silenciados y fuera de los circuitos de arte durante años. Algunos lo llaman ‘el beso de la muerte’ y puede convertirse en una forma de censura.

¿Cuál es la revolución que propone el Reina Sofía?

Nos oponemos a que los museos actúen como tumbas o cajas fuertes y nos hemos encontrado con bastantes resistencias en el mundo del arte. Las obras más valiosas están concentradas en unas cincuenta instituciones, entre las que se encuentra el Reina Sofía. Nosotros creemos que tenemos que transformarnos en una especie de hubs donde las obras y sus relatos circulen por el mundo fomentando nuevas interpretaciones que nos interpelen y nos cuestionen. Las colecciones permanentes no son una acumulación de tesoros, sino una moneda ideal para intercambiar obras y colecciones con otros museos.

Al mismo tiempo, todos deberíamos trabajar en red, reducir la huella ecológica optimizando el transporte y contribuir a la existencia de museos pequeños e instituciones de investigación difíciles de sostener, que son las que impiden que nos convirtamos en parques temáticos.

Hay más…

Claro que hay más. Los relatos, para nosotros, ya no son unívocos sino múltiples y el espectador ya no es un sujeto pasivo, blanco y occidental, sino que se convierte en un usuario capaz de crear sus propias interpretaciones y abierto a las sensibilidades y experiencias de otras culturas. Queremos proponerle, por ejemplo, una experiencia del arte más táctil y menos visual. También hemos adaptado nuestros espacios a distintas audiencias. Nuestra programación no es la misma en nuestra sede principal, en Sabatini, y en el Palacio de Velázquez o en el Palacio de Cristal, donde podemos acceder a un público diferente.

¿Se está convirtiendo el arte contemporáneo en un apéndice de la industria del espectáculo?

En los ochenta el arte y la cultura dejaron de jugar un papel relativamente accesorio de la economía y pasaron a ser dos de los protagonistas de las industrias de la comunicación. Se empezó a presionar para que contemplásemos la cultura en términos economicistas y los directores de museo se transformaron cada vez más en captadores de fondos. Al mismo tiempo, el beneficio a corto plazo se intentó imponer como máxima prioridad y los principios del arte y la cultura se fueron hipotecando.

Pero usted no cree que sea lo mismo teatralidad y espectáculo.

Hay que tener en cuenta que el arte contemporáneo actual suele servirse de instalaciones y, por tanto, de cierta teatralidad. Si esa teatralidad se utiliza para realizar una obra de arte valiosa, para comunicar un mensaje crítico y para hacernos reflexionar, yo la llamaría teatralidad y no espectáculo.

Quizás las diferencias hayan dejado de estar claras porque ya no son los mismos los que deciden que es arte y que no.

En los años cuarenta y cincuenta, los escritores y los críticos eran los grandes prescriptores, los que más contribuían a moldear el canon artístico del momento. Ahora, cada vez más, el principal prescriptor es el mercado… pero no cualquier mercado. Hablamos de uno en el que lo más importante no son los intercambios, sino el beneficio inmediato con independencia de otras consideraciones, incluida la huella ecológica. Un mercado que da la espalda al medio ambiente es un mercado autodestructivo.

Es decir, usted no se opone a cualquier tipo de mercado.

Obviamente, en la época de vanguardias históricas había mercado. Las galerías de entonces se preocupaban de comprar y vender o de los derechos de autor, por supuesto, pero intentaban que eso fuese compatible con determinados criterios intelectuales y artísticos.

En un mercado con valoraciones millonarias y presupuestos públicos más ajustados, los museos cada vez necesitan más a los coleccionistas y los donantes.

De hecho, existe una minoría de auténticos coleccionistas españoles y el Reina Sofía se está abriendo a ellos y a los latinoamericanos y europeos. Queremos coleccionistas que se identifiquen con nuestro proyecto. Los grandes coleccionistas son capaces de gastarse hasta el último céntimo en arte, porque es una forma de entender la vida.

Hemos hablado del mercado. ¿Cree que los museos deben vivir al margen de la economía?

Existe una economía del arte en la que creo, que es la que lo hace sostenible, la que tiene en cuenta la naturaleza distinta del arte como ecosistema y lo ve en su totalidad como proyectos, obras e iniciativas que a veces cosechan mucho éxito de público a corto plazo, pero que también pueden ser minoritarios, arrojar beneficios a largo plazo o no ser rentables porque intentan abrir nuevos caminos que no siempre funcionan. Ésa es la economía en la que creemos en este museo.

Pero el buen arte no sólo se distingue porque fracasa o porque es minoritario…

Cierto, no debemos caer en la idea de que el mejor arte y la mejor cultura tienen que ser necesariamente minoritarios. En el siglo XIX, surgió la idea de la cultura popular y con ella la separación entre los gustos de la élites y los del resto. Estaban la alta y la baja cultura. Yo creo que se puede hacer algo muy popular y, al mismo tiempo, muy innovador, muy rompedor y muy inteligente. Nuestra programación es bastante compleja, hemos aprendido a dirigirnos a múltiples minorías y nuestro número de visitantes ha ido creciendo, aunque no puede ser el principal criterio por el que se valore la gestión de un museo.

Algunos le consideran un emprendedor cultural de éxito.

No estoy seguro de querer verme como emprendedor y mucho menos como uno de éxito. En el mundo neoliberal de hoy, el emprendedor se ha convertido en el ideal al que todos debemos aspirar por la fuerza. Ese ideal beneficia a determinados intereses y en España encarna, desde 2008, a un ser humano precarizado y endeudado. En cuanto al éxito, preferiría que me considerasen también un gestor de fracasos. Me explico: el mejor arte es el que abre camino y, para abrir camino, los artistas y los curadores de las exposiciones cuestionamos la estructura del éxito. Muchas veces, el resultado no es bien recibido por el público, porque nadie está preparado para lo que no se ha hecho nunca. Tampoco nosotros.

Cada vez son más los intelectuales que denuncian que los propietarios y profesionales de las instituciones culturales, medios de comunicación incluidos, le dan al público sólo lo que demanda y no lo que necesita.

Es más o menos lo que está ocurriendo, pero me gustaría añadir un matiz. Lo que la sociedad ‘demanda’ no cae del cielo, sino que se rastrea, moldea y promueve por parte de empresas que buscan un beneficio mediante los datos que obtienen sobre nosotros. Ellas los utilizan para conocernos mejor y para provocar necesidades, algunas de ellas artificiales. En el mundo de la cultura, las casas de subastas, que crean grandes reputaciones con obras que a veces tienen más valor especulativo que artístico, están desplazando a las galerías, que se han preocupado tradicionalmente de darle a la sociedad no sólo lo que quiere consumir, sino también lo que necesita. En el Reina Sofía vamos a empezar a adquirir obras de arte que no han sido suficientemente apreciadas por el mercado. No pudimos hacerlo durante la crisis por cuestiones presupuestarias.

¿Cree que hemos ido a peor?

Nos encontramos en una época en la que determinadas fuerzas políticas y económicas siguen tratando de neutralizar el espíritu de Mayo del 68, un momento de protesta donde todo se puso bajo cuestión. Mundialmente, algunos logros de entonces se han desarrollado y mantenido –como el feminismo y el respeto a las minorías raciales y sexuales– pero otros, como los derechos laborales y democráticos, no han corrido la misma suerte.

El arte contemporáneo promueve la libertad de criticar y escandalizar y puede ser un buen termómetro para la censura. ¿Ha aumentado la censura en España desde el inicio de la democracia?

Hoy predomina el autoritarismo auto-infligido, fomentado más recientemente por los ataques masivos en las redes sociales. Los museos nos hemos reprimido cada vez más desde los ochenta. Ahora no nos atreveríamos a hacer algunas de las cosas que hacíamos entonces. En línea con lo que sugería Ballard en su novela ‘Kingdom Come’, igual llegamos algún día a la conclusión errónea de que no hay censura porque no hay nada que censurar. Es curioso, de todos modos, que la censura tenga sus prioridades: suelen atacarse y denunciarse más las críticas que surgen de los teatros y los museos. Es decir, las críticas que vienen del mundo de la cultura.