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“Llegará un momento en que no será ‘cool’ cambiar tanto de ropa”

Latitude es una iniciativa que pretende crear un ecosistema que aboga por la sostenibilidad en la industria textil. Su fundadora, María Almazán, Emprendedora Social de Ashoka, se ha sentado con las marcas para explicar la necesidad de un cambio en el sector. Tras una primera fase de diálogo y concienciación, Latitude inicia una nueva en la que se centrará en su marca de ropa con la que servir de ejemplo.

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“Pensé que iba a llegar un momento en que la industria de la moda iba a tener que cambiar esta situación, iba a tener que llevar a cabo planes de sostenibilidad, que era necesario plantear lo que estaba pasando a nivel social y medioambiental”, comenta María Almazán (Madrid, 1982) cuando recuerda sus cinco años en el departamento de compras internacionales de una marca de ropa controlando producciones en Asia, un puesto de trabajo que dejó para intentar cambiar la industria textil. Su filosofía de trabajo, curtida a base de investigación, un período como directora de Fabrics for Freedom y la creación de MOV3, una plataforma gallega de moda sostenible, llevaron a esta emprendedora a crear Latitude en 2014. Esta marca de moda ha terminado por convertirse en un referente de una nueva filosofía de trabajo en el textil de la que la ‘relocalización’ o la protección de los derechos humanos forman parte.

“Marcas orgullosas de sus talleres, talleres orgullosos de su trabajo, consumidores orgullosos de sus prendas”. Es uno de los mensajes que defiende el equipo de Latitude, hoy presente en Madrid y Galicia, una comunidad que ha extendido su modo de ver la moda en una red de talleres que ya ha incorporado su forma de trabajar. “El mundo procura guardarse toda la información, y nosotros lo que queremos es precisamente lo contrario, que haya un cambio que se vea en todos los niveles”, defiende María mientras habla de uno de los proyectos de la segunda fase de Latitude, una plataforma online con la que compartir su ‘know how’ con talleres, marcas y consumidores con el objetivo de reducir el ritmo de la moda actual.

Recuerdo que la primera vez que hablé con usted pronunció una frase que no he podido olvidar: “cuando trabajaba en Asia algunos ríos eran del color del pantalón de la temporada”. Casi cuatro años después de esa frase lapidaria, ¿ha cambiado algo esa realidad que me describió?

Cuando decidí dejar mi trabajo todo estaba muy en pañales. No había departamentos de sostenibilidad dentro de las empresas, existía una responsabilidad social corporativa que no se encargaba del ‘core’ de la empresa. Esto ha crecido mucho en pocos años, pero todavía queda muchísimo por hacer. Estamos en la fase de poner el foco y en acciones concretas, pero creo que nos falta llevarlo a la acción, al alto nivel en las empresas grandes. En la primera fase de Latitude nos sentamos con muchas marcas del país, aunque otra cosa es cómo cada una cambió su modo de actuar. Siempre digo que las grandes marcas de moda me parecen trenes que van a toda velocidad, y aunque haya una consciencia de quererlos frenar, como van a toda velocidad no los puedes frenar.

Y esta rapidez constata, una vez más, que la moda parece ser víctima de su propia esencia: su carácter efímero. ¿Terminará rindiéndose a la atemporalidad, algo que defiende la filosofía de Latitude?

Todavía pasarán unos años, en los que se va a procurar ir cambiando los modelos productivos y la cadena de valor para generar menos impacto; pero llegará un momento en que no será ‘cool’, por decirlo de algún modo, cambiar tanto de ropa. La sensación que yo tengo con respecto a la gente más joven de cómo entienden ellos el consumo de ropa creo que va a cambiar, y eso va a enfrentar a las marcas a un montón de preguntas nuevas.

Mientras, la industria sigue produciendo colecciones cada 15 días. Parece que hemos confundido la democracia del ‘low cost’ con la dictadura de la novedad.

Absolutamente de acuerdo. Además, hemos hecho nuestro el discurso de que yo soy más feliz con cuantas más bolsas salgo de la tienda, en lugar de entenderlo a la contra. Se mezcla la reflexión que usted hace con la sensación de satisfacción por los volúmenes de compra. Creo que hay un atasco que hay que desatascar.

¿Cuándo frenará el ritmo del ‘fast fashion’ y dejaremos de tirar ropa a la basura?

Creo que en 10 años va a haber un cambio importante, pero no tanto como para que llegue un momento en el que comprar y tirar ropa no vaya a ser ‘cool’, como decía antes. Para eso faltan por lo menos otros 20 años.

Utilizando algunos de sus conceptos, ¿nos costará mucho dejar de ser “depredadores” para ser “creadores” en el mundo textil?

Creo que nos va a costar, pero también creo que los pasos que se están dando van en la buena dirección. Estos 20 años me los imagino en transición. Es verdad que 20 años nos parecen mucho, pero para una transición de un cambio de un modelo productivo tan enorme no es tanto. Al final las transiciones siempre van hacia mejores modelos. Creo que en los próximos 20 años toda la industria se va a plantear que el modelo tiene que ser mejor.

Hablamos de la industria convencional, pero en el caso de la industria del lujo, ¿hablaremos más de lujo sostenible en lugar de “despilfarro marquista”?

El lujo va a sufrir la misma evolución de la que hablaba antes, pero será más rápida. Habrá mucha gente concienciada que por una cuestión de lógica va a ir teniendo que cambiar ese modelo, y la única manera de acceder a este tipo de moda sostenible va a ser a través de unos PVP más altos, y ello a su vez va a entroncar con la industria del lujo. Es ese lujo que para mí es cambio de conciencia, entender que el coste de la ropa a día de hoy es injusto. Por otro lado, habrá otro lujo, unas marcas que se van a convertir en una especie de tema “marketiniano” que al final no van a perseguir cambio, sino un nicho de mercado.

Latitude parece haber convencido a algunas marcas de la necesidad del cambio. ¿Es la sostenibilidad una colección cápsula o crucero, o se ha convertido en un básico de temporada?

Creo que para el consumidor final parece una cápsula. Lo que sucede es que esos cambios no se saben comunicar, es decir, sabemos las cosas que están haciendo algunas marcas, pero a día de hoy son cuestiones internas. Por ejemplo, si yo cuelgo una camiseta que está hecha como se debería hacer, ¿qué le estoy diciendo a la camiseta que tengo al lado, que también es de mi marca? Hay todavía un tema a evaluar por parte de las empresas, y creo que por eso comunican en modo cápsula algunas de las cosas que hacen, porque todo esto todavía no está lo suficientemente estructurado o metido en su ADN.

¿Ha entendido el textil español los peligros que entraña para su negocio la no apuesta por un modelo sostenible, o solo es la consecuencia de sustos como el del derrumbe de las fábricas de Rana Plaza de Bangladesh en 2013?

Hay un diálogo no resuelto todavía. Dentro de las organizaciones más piramidales se está generando una base más consciente abajo que, por la tipología de negocio, no saben muy bien cómo ubicar. No tengo la sensación de que haya un cambio de principios inmenso a nivel directivo, pero sí que creo que hay una preocupación, aunque a día de hoy la motivación no es tan importante como la acción. Llegará un momento en que haga falta que el cambio se empiece venga de donde venga la presión.

¿Y el consumidor? ¿Nos preocupa más quién se encuentra detrás de la etiqueta que firma ‘Made in Vietnam’?

El consumidor ha empezado a estarlo, que es un poco lo que pasa con las grandes marcas, que hay gente ya muy concienciada. Recibo mails cada día para preguntarme qué marcas comprar y dónde. Sí que hay un cambio, pero creo que hay mucho desconocimiento y la experiencia de compra todavía es compleja. Cuesta que sea sencillo, estamos justo en ese paso. Primero vino la conciencia sobre lo que comemos y luego va a venir la ropa.

Y el mercado muestra una ligera tendencia a la ‘relocalización’, un cambio que aboga por el refuerzo del ‘Made in Europe’. ¿Es este un factor diferenciador, cuando cada vez más marcas apuestan por producir en España?

El tejido industrial textil potente que queda en España está en Galicia y en Cataluña. Si se va a cualquiera de los dos lo que le van a decir esos talleres es que dónde está toda esa gente que produce aquí, que ellos no lo saben. Nos enfrentamos a una industria que se rompe con grandes profesionales que no quieren enseñar lo que hacen porque no entienden que vaya a tener ningún futuro. Nosotros apostamos por trabajar en proximidad, pero de una determinada manera. Creemos que es un valor que se va perder y para nosotros es cultura. En un momento en el que tanta gente está poniendo el foco en producir en proximidad perder todo ese tejido es a su vez una pérdida de valor inmensa.

Está claro que no volveremos al tejido industrial textil de los 80 y 90.

Nunca. Sí que creo que podríamos mantener dignamente una industria que fuera puntera en estos términos. No digo tanto que podamos mantener talleres al uso, pero creo que sí podría ser puntera y que sería algo diferenciador, porque nosotros hemos visto que muchísimas marcas de fuera están buscándolo y demandándolo.

Detrás del retorno de China se encuentra también la reducción de los salarios en Europa, con una mano de obra más cualificada y un control mayor de las producciones. ¿Corre el riesgo Europa de ser explotada por la industria textil?

Nosotros siempre tuvimos el caso de Portugal. Hacemos ropa en Galicia y a nosotros nos cuesta el triple hacerla que allí, en talleres que tenemos a 10 minutos en coche. Si apostamos por Europa deberíamos pensarlo a partir del paradigma de la sostenibilidad. Fuera de eso lo demás no lo entendemos. Si traemos el modelo asiático aquí entonces no estamos solucionando ningún problema. Siempre apostamos por estas vueltas desde un punto de vista de la tecnificación, la valorización de las personas, mezclado con una filosofía de vida, de entender la moda de otra manera. Creo que es algo imbatible, nunca les compensaría. El motivo por el que creo que nunca se daría es porque creo que no seríamos competitivos a ese nivel. Tendríamos que llegar a un punto en el que el retorno sería insostenible por mucho tiempo.

Por ese motivo, su plan pasa por la necesidad de un cambio transversal, en el que cobran el mismo protagonismo los tejidos orgánicos, los derechos humanos y el impacto medioambiental. ¿Es posible controlar todo el ciclo del producto?

Nosotros creemos que es posible, y por eso hemos puesto en práctica este modelo en proximidad, porque es más fácil ver un modelo que luego tú puedes implementar en otros sitios, como si fueran nodos. En lugar de hacerlo a nivel masivo, en el que una prenda vuela por todo el planeta, queremos establecer nodos mucho más controlados.

¿De qué color ve Latitude el futuro del textil?

Lo vemos color crema porque no es un futuro blanco, pero no estamos en territorio negro. Con la actividad que nosotros realizamos lo que queremos es que pasen cosas, por lo que sería absurdo que no viéramos luminosidad, pero entendemos perfectamente, no somos naíf, que es una luminosidad a la que le queda muchísimo por limpiar.

Hemos tenido esta conversación después de cuatro años. ¿Qué cree que me responderá dentro de otros cuatro?

Lo que espero poder decir es que Latitude es una marca de referencia que ha conseguido movilizar a muchísima gente, generar mucha luz y que cada vez nos encontramos más en el blanco claro y luminoso.