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El hombre que no quiso heredar el imperio de Pablo Escobar

Meeting Point
Ahora que la historia del mayor narcotraficante de Colombia, fundador y líder indiscutible del cártel de Medellín, recobra fuerza en nuestra memoria de la mano de Netflix y su popular y polémica serie, persona y personaje tienden a confundirse. En este escenario, nuestro compañero de Forbes México, Enrique Hernández, ha tenido la ocasión de conversar con el hijo del narcotraficante colombiano sobre el negocio de las drogas, la corrupción y la impronta que la vida de su padre ha dejado en las nuevas generaciones de marginados.
10 enero 2017
REDACCIÓN


Juan Pablo Escobar se muestra relajado cuando cita a nuestros compañeros en un local de comida rápida de Buenos Aires y tras breves frases de cortesía se muestra proclive a la legalización de la marihuana en Estados Unidos y América Latina. Se postula así del lado de las opciones del ex presidente Bill Clinton, el Premio Nobel de Literatura Vargas Llosa o el ex presidente colombiano César Gaviria, que combatió intensamente el cártel erigido por su padre.

"La prohibición de la droga garantiza la permanencia de otros Pablos Escobar y otros Chapos Guzmán en el mundo. Si queremos eso, ésa es la ruta, y si no queremos más Pablos ni Chapos, entonces hay que mirar de otra manera", señala Juan Pablo. "El 51% de los estados en EEUU han legalizado ya la marihuana; algunos para uso mixto, recreativo o medicinal. La droga que más dinero produce a nivel ilícito es la marihuana, porque es la más difundida en el mundo y la más tolerada", agrega el colombiano que se negó a dirigir el Cartel de Medellín.

El imperio levantado por su padre abastecía el 80% de la cocaína consumida en Estados Unidos, lo cual generaba unos 8,000 millones de dólares al año en la década de los ochenta. La organización estaba dirigida por Pablo Escobar Gaviria, el Padrino, junto con Jorge Luis Ochoa Vásquez, jefe de la familia Ochoa de Medellín; Carlos Lehder, un ladrón de automóviles que hizo fortuna traficando con cocaína desde su isla en las Bahamas, y José Gonzalo Rodríguez Gacha, el Mexicano, zar de la cocaína en Bogotá.




En palabras de Juan Pablo: "La violencia no la generan en sí esos personajes, sino la corrupción que les acompañan y patrocinan. Siempre se ha intentado desde los Estados señalar a los mafiosos como los culpables, pero eso es con la intención de tapar la corrupción que ha permitido su crecimiento", manifesta. "La violencia se ha ido trasladando a otros países; no es un problema de México ni de Colombia, pues se propone la autodestrucción de las clases más bajas latinoamericanas a través de la muerte para llevarles el elíxir por el que los estadounidenses pagan fortunas".

El hijo de Escobar Gaviria quiere por igual a tres países de América Latina: a Colombia, donde nació; a Argentina, donde vive refugiado y exiliado desde hace más de dos décadas, y a México, una nación de la que se enamoró a través de su esposa e hijo."Que tristeza que en México se asesinen unos a otros por el mercado que cruzando la frontera es prácticamente legal. En México se matan por esa ilegalidad; lo mismo que pasa en Colombia, en donde la violencia la generan las mafias relacionadas con la marihuana".

El hombre que se alejó de los turbios negocios de Pablo Escobar elogia el modelo uruguayo, donde las mafias de la marihuana no proliferan ya que el consumidor tiene la posibilidad de cultivar sus propias plantas. "A cada droga se le debe dar un trato diferente, y no se puede hablar en los mismos términos de la marihuana que de la cocaína", señala Juan Pablo, que cambió su identidad por la de Juan Sebastián Marroquín a los 16 años para labrarse un futuro muy distinto al ideado por su padre.




Marroquín se alejó de las noticias relacionadas con el cártel desde el primer día que pisó tierras argentinas y hoy día nadie lo reconoce, a pesar de que en la década de los noventa, al lado de su padre, posaba para los periódicos de Colombia, y quizás del mundo, que les dedicaban ocho columnas. Ajeno al glamour y los lujos, atendió a nuestro compañero de Forbes México, Enrique Hernández, respondiendo a todas sus preguntas e inquietudes en una entrevista del que reproducimos un fragmento a continuación:
P: ¿Para eliminar la violencia se necesita legalizar la marihuana como lo proponen César Gaviria y otros presidentes?

JUAN PABLO: Absolutamente. Hay que comenzar por ahí y hay que tener la valentía como persona, como familia, como líderes y como naciones, de dar el permiso para que a cada persona se le respete el libre desarrollo de la personalidad. No soy muy amigo de los Estados que obligan a las personas a consumir determinados productos sí y determinados producto no.

P: ¿Has consumido drogas?

JP: Yo probé marihuana a los 28 años en la universidad. Estuve rodeado de todas las drogas que se puedan imaginar, y mi padre era el dueño de la fábrica. Él me educó e informó a una edad temprana para no caer en esas tentaciones.

P: ¿Qué te dijo Pablo Escobar para que no fueras su cliente?

J.P: Yo pude ser un drogadicto consumado, porque tengo todas las excusas para acceder a esa droga, y no lo hice. Recibí el cuidado y el amor de mi familia, algo que no recibí desde el Estado. Si conmigo esa situación tan extrema funcionó, con mayor éxito puede funcionar en chicos que no están expuestos ni al 1% de las historias violentas y criminales.

P: ¿Cuál es tu trato con el gobierno de Estados Unidos?

J.P: Ninguno. Ellos saben que no soy ni narcotraficante ni bandido, pero me acusan de narcotraficante por ser portador del ADN de Pablo Escobar. Eso habla de una intolerancia y discriminación que propone violencia.
P: ¿En qué momento pierde la razón tu padre?

J.P: Mi padre quiso entrar a la política, una mafia que le quedó grande. Él pensaba que era el más vivo y el más bandido de todos, y se metió a una jauría de gente. Como narcotraficante no puedes pretender ir con la ingenuidad de que nadie lo va a descubrir ni se darán cuenta. Eso fue un gran escándalo en su momento y ocasionó la muerte en 1984 del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla; después se desencadenó una violencia sin precedente en Colombia.

P: ¿Tú padre le tenía miedo a la extradición a EU?

J.P: Era a lo único a lo que medio le tenía miedo, porque le parecía una injusticia y le parecía que el Estado colombiano vendía a sus connacionales como carne a cambio de favores y de ayudas económicas que promovieron la corrupción. Él estaba en contra de la extradición, porque era ineficiente. De todos los narcotraficantes extraditados en las últimas dos décadas, ¿cuál sigue preso? Ninguno. Todos están viviendo con visa y disfrutan de Miami.

P: ¿Qué recuerdas de la fuga de Pablo Escobar?

J.P: La sensación fue de tristeza, porque mi padre perdió la única oportunidad que le dio el Estado colombiano para recomponer su camino. La tiró a la basura, y eso a mí no me gustó, porque yo tenía la esperanza y hubiera preferido, como hijo, visitarlo 30 años en esa cárcel hasta que pagara el último de sus crímenes, y regresar tranquilos a vivir la vida.

P: ¿Hubo cacería en contra de la familia de Pablo Escobar después de la fuga?

J.P: Totalmente. Fuimos declarados objetivo militar. Por mi padre ofrecían 10 millones de dólares y por mí 4 millones de dólares. Yo no era ningún bandido.

P: ¿Qué otros hijos de narcotraficantes no se dedican a negocios lícitos?

J.P: Muchos entendieron que no era viable continuar con los pasos de nuestros padres y muchos hijos de narcos se dieron cuenta que no era la manera, y a través de ejemplos como el mío decidieron cambiar de actitud y no siguieron adelante con esas empresas. Obviamente hay de todo. Los hijos de los Rodríguez Orihuela se prepararon y educaron para hacer otras cosas y no siguen en los temas de la violencia.

P: ¿Te invitaron ser parte de Narcos, la serie de Pablo Escobar producida por Netflix?

J.P: A ninguno le interesa la versión real de la familia y todos quieren manipular sus propias versiones e historias. Es triste que a los grandes medios de comunicación no les interese comunicar la verdad de los acontecimientos, sino versiones amañadas.

P: ¿Te molestan las series?

J.P: Siembran en los jóvenes un glamour sobre la profesión del narcotráfico y convierten al narcotraficante en un personaje aspiracional. Y siembran en los jóvenes la posibilidad de que ser narcotraficante es bueno.

P: ¿Rechazas la apología al narcotraficante?

J.P: Estoy aquí para recordarles que el narcotráfico no es tan bueno ni como lo pintan. Les traen más problemas que alegrías, y para eso tengo argumentos contundentes; no me baso en historias de terceros, sino en la mía: fui millonario y nunca pude comprar las cosas que quería en la vida.

Con la información de: Forbes México
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